La semana de la Cámara de la Industria Aceitera (CIARA) y del Centro Exportador de Cereales (CEC) combina diplomacia comercial internacional y tensión sindical doméstica. Así lo retrata Gustavo Idígoras, presidente de CIARA y miembro del board de CEC, entrevistado por los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel. El dirigente habló desde Bruselas, donde desarrolla una agenda intensa por temas que, aunque parezcan lejanos a la tranquera, terminan impactando sobre toda la cadena agroindustrial argentina: precios, mercados, inversiones y empleo.
El primer frente es europeo y tiene nombre técnico, pero consecuencias bien concretas. “Europa quiere remover a la soja a nivel mundial como una materia prima para producir biocombustibles”, explicó Idígoras. Argentina exporta biodiésel de soja, por lo que la medida “penalizaría para siempre las exportaciones”, y no sólo a nuestro país: también alcanzaría a Brasil, Estados Unidos y Paraguay, que incluso consiguió una cuota para exportar biodiésel en el marco del Acuerdo Unión Europea–Mercosur. El fundamento que esgrime Bruselas es el “cambio indirecto del uso del suelo”, una categoría que presupone que en algún lugar del planeta alguien deforesta para sembrar soja, aun cuando eso “no necesariamente” ocurra en Argentina.
La magnitud del golpe potencial no es menor. Ante la consulta de Aller, Idígoras confirmó que el “daño máximo” rondaría “1.400 millones de dólares”. Aunque las ventas recientes fueron menores, el nudo del problema es estratégico: el impacto se proyecta a largo plazo. “No solamente nos afectaría para lo que hoy vendemos, sino que nos afectaría para los próximos 10 a 15 años”, advirtió, porque la soja quedaría fuera del mercado de biocombustibles en Europa, incluyendo el segmento que se viene con fuerza: el de la aviación.
En ese punto aparece un cambio tecnológico que reconfigura el comercio global de aceites y energías. “Se viene una revolución mundial donde no se va a usar más el jet fuel… sino que se van a usar aceites vegetales hidrogenados con criterios de sustentabilidad”, sostuvo. La advertencia es directa: “Si Europa saca la soja, cualquier avión que aterrice en territorio europeo o que salga hacia Europa no podrá tener biodiesel de soja. Por lo tanto, nos vamos a estar perdiendo una oportunidad enorme”. Para un país que busca sumar valor industrial y divisas, y para cadenas que miran con atención los combustibles alternativos —desde el maíz a los aceites, con impactos indirectos sobre la producción de proteínas animales—, la discusión no es menor: define quién provee la “energía verde” del comercio y el transporte.
El segundo capítulo en Bruselas se vincula con el reglamento europeo de “no deforestación”, que, según Idígoras, la Comisión Europea confirmó que entra en vigor el “31 de diciembre de este año”. Allí, CIARA-CEC intenta influir en la “forma de implementarlo” y poner en valor herramientas como el sistema VISEC, ya utilizado para soja y carne vacuna. En la entrevista, el dirigente remarcó que hay un “compromiso” político europeo para “evitar una distorsión en el mercado”, pero subrayó que eso debe traducirse en normas concretas: “Ese compromiso político se tiene que plasmar en los papeles… No está nada fácil”, dijo, al describir una Comisión “burocrática, muy dura, difícil de mover” y atravesada por “tensiones de lobby también proteccionistas”.
En ese terreno, Idígoras asignó a la prensa un rol decisivo, no sólo como testigo sino como actor capaz de incidir. “El rol de la prensa en estos temas es esencial”, afirmó, porque —según su mirada— hasta ahora la discusión quedó encapsulada entre técnicos, funcionarios y empresas, mientras “el público europeo es inconsciente de lo que está sucediendo”. Y fue más allá al diferenciar entre una preferencia ambiental genuina y un relato de conveniencia comercial: “Una cosa es tener una política verde en Europa… y otra cosa es mentirle al consumidor europeo diciendo que únicamente lo verde es el producto europeo”. En su argumentación, además del costo (“va a tener que pagarlo dos veces más caro”), cuestionó la idea de superioridad ambiental: “Todos sabemos que el sistema de producción de Europa es mucho más contaminante que nuestros sistemas productivos”.
De regreso al plano local, la entrevista se metió en otra variable clave para el agro argentino: la estabilidad operativa del complejo industrial exportador. CIARA-CEC atraviesa una conciliación obligatoria con los sindicatos aceiteros y solicitó una reunión presencial con la Secretaría de Trabajo. Idígoras sostuvo que el salario “promedio hoy es de 4.800.000 pesos”, que desde enero se otorgó un aumento del “13,8%” y que la inflación acumulada alcanza “14,7%” con el último dato. De allí que, según su visión, la discusión remunerativa “ya está resuelta” porque se implementará un mecanismo de ajuste mensual: “Esto implica que a partir del mes que viene lo vamos a indexar un 1% y así sucesivamente: si la inflación da 2, 3 o 4, corrigiendo todos los meses”.
Entonces, ¿dónde está el conflicto? Para Idígoras, el problema excede la paritaria y entra en el terreno político: “El reclamo es recrear un nuevo movimiento obrero antigobierno… Quieren generar un paro en uno de los sectores económicos más fuertes de la economía argentina para cuestionar la política económica nacional”. Con la conciliación próxima a vencer —y con posibilidad de extensión—, el escenario de paro aparece como amenaza concreta para un eslabón que determina el ritmo de ingreso de divisas y el flujo exportador. El propio Idígoras remarcó el costo directo para los trabajadores: “Son 160.000 pesos por día que se les descuenta”, es decir “casi un millón de pesos por semana”, y pidió que “tomen conciencia los 20.000 trabajadores aceiteros”, porque “tres o cuatro personas los están llevando a perder muchísimo dinero innecesariamente”.
Entre Bruselas y Buenos Aires, el mensaje de fondo es el mismo: la competitividad del agro argentino ya no depende sólo del clima, los rindes o el precio internacional. Depende —cada vez más— de regulaciones ambientales que pueden funcionar como barreras, de disputas narrativas sobre qué es “sustentable” y qué no, y de la capacidad del país de sostener previsibilidad laboral en su principal polo industrial exportador. En el medio, cadenas como la avícola, la porcina y la ganadera miran de reojo: cualquier cimbronazo en el complejo sojero-aceitero repercute en costos de alimentación, disponibilidad de subproductos y clima general de negocios. Y mientras el mundo acelera hacia combustibles alternativos, Argentina discute si va a estar dentro de esa revolución… o mirando pasar el avión.

