En un país donde la avicultura suele medirse en toneladas, galpones y eficiencia de conversión, la experiencia de Juan Pablo Rivarosa en Morteros, Córdoba, plantea otra unidad de medida: el tiempo. Con una producción familiar de pollos y huevos, sumada a una lógica agroecológica y de cercanía, Rivarosa propone un modelo que discute no solo cómo se produce, sino para qué se produce.
Argentina atraviesa desde hace años un debate silencioso pero creciente: el del valor agregado en origen, la demanda de alimentos con atributos (orgánicos, pastoriles, sin agroquímicos, bienestar animal) y las tensiones entre escala industrial y nichos premium. En ese cruce aparece Rivarosa, un ex creativo publicitario que cambió de rumbo a partir del nacimiento de su hijo. “A partir del nacimiento de mi hijo arrancó una etapa de madurar un poco… y en esa búsqueda arranco desde el lugar de la nutrición”, contó en la entrevista con Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel. La pregunta inicial fue doméstica —qué comemos—, pero terminó siendo productiva: quién produce nuestros alimentos y bajo qué condiciones.
El camino, según relata, no surgió como una estrategia de negocios tradicional sino como respuesta a una carencia de oferta y a un cambio de hábitos: “Empezar a buscar alimentos producidos de manera natural, sin la utilización de agroquímicos… y encontrarme que no encontraba esa opción, o sea, o costaba mucho, estaba lejos”. Ese vacío —típico de muchas economías regionales donde la producción existe pero la propuesta diferenciada no llega al consumidor— encendió el “bichito” emprendedor: “Me parece que es algo que me gustaría hacer, que me interesaría hacer. Así que fue como un bichito que picó de interés y arranqué ese camino”.
En un context donde el crédito escasea, los costos logísticos suben y la rentabilidad del productor se comprime entre insumos dolarizados y consumo interno volátil, podría suponerse que la salida sería escalar. Rivarosa elige lo contrario. “Uno debería encontrar un equilibrio, porque el origen de todo esto es mejorar la calidad de vida”, explicó. Y agregó una definición que vale como manifiesto: “La calidad de vida no es solo qué es lo que uno come, sino cuánto tiempo tiene y qué hace con ese tiempo”. Por eso su esquema es deliberadamente acotado: alrededor de 200 pollos faenados por mes y unas 300 ponedoras, con variaciones. “No quiero más”, sostiene, porque teme que la escala le quite el sentido al proyecto. “Me parece… que por ahí es difícil a un nivel industrial lograr una calidad como se logra en lo artesanal”
El modelo, además, es familiar. “Tenemos un empleado, pero sigue siendo una producción familiar”, detalló. Y esa idea de familia no queda en lo declamativo: su hijo Salvador, de 17 años, participa cuando puede. Aunque su vocación va por la tecnología y cursa una tecnicatura en electrónica, el productor valora que “esté conectado con las actividades del campo”. “Le gusta, lo disfruta… no me gustaría imponerle esto”, dijo, marcando una continuidad generacional distinta: no la del traspaso automático de la empresa agropecuaria, sino la de sumar al campo como experiencia formativa, complementaria del software y la electrónica. En tiempos donde la ruralidad compite con la atracción urbana y la oferta educativa tecnológica, esa conexión puede ser también una forma de arraigo.
Desde el punto de vista comercial, el caso muestra otra tendencia fuerte en la agroindustria argentina: la integración corta y la venta directa, con construcción de marca local. Rivarosa produce en el campo y vende en su propio comercio en Morteros, a ocho kilómetros. “Todo lo que producimos lo vendemos ahí: huevos, pollo entero trozado, hacemos hamburguesas e incluso viandas con los insumos del campo.” Además, arma red: “Compramos a distintos productores orgánicos de Argentina: semillas, aceites, quesos… Con todos esos ingredientes agroecológicos elaboramos nuestras viandas.” Esa articulación entre productores, más que competir por precio, apunta a competir por confianza, trazabilidad y cercanía, atributos cada vez más demandados en nichos urbanos y del interior.
El fenómeno no reemplaza a la avicultura industrial, clave para abastecimiento interno, exportaciones y precios populares. Pero sí la interpela. En un país que discute retenciones, tipo de cambio, barreras sanitarias y acceso a mercados externos, también crece una conversación paralela sobre “cómo” y “cuánto” conviene producir, y quién captura el valor. La experiencia de Morteros sugiere que hay espacio para una agropecuaria argentina con más diversidad de escalas: grandes jugadores que sostienen volumen y competitividad internacional, y proyectos pequeños que agregan valor, generan empleo local y retienen al consumidor con una propuesta diferencial. Rivarosa lo sintetiza sin tecnicismos, desde su propia decisión de vida: comer sano, sí, pero sin dejar de vivir sano.

