Del 27 de abril al 1° de mayo, el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) desembarca con una agenda intensa en Filadelfia, Chicago y Los Ángeles. La apuesta combina promoción comercial, lectura de tendencias de consumo y una estrategia de posicionamiento en el canal premium, sin perder de vista el negocio industrial. Pero detrás del marketing y las rondas con importadores aparece el tema clave para toda la agroindustria argentina: la necesidad de previsibilidad y políticas de largo plazo para aumentar la producción y el stock ganadero.
La hoja de ruta en Estados Unidos no es caprichosa. Según explicó Georges Breitschmitt, presidente del IPCVA, el criterio fue ir a donde hoy se concentra la demanda y la logística de compra. “Es un poco donde hay más importadores, más consumidores por ahora. Todo lo que es el mercado de hotelería, restauración y demás”, señaló en diálogo con los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel. La idea, además, es medir el “termómetro” y ampliar el alcance más adelante: “Estados Unidos es enorme, así que en una semana tratar de acaparar todo es imposible… con vistas a que en el segundo semestre podamos ir a otras ciudades”.
El contexto es relevante: la Argentina logró una ampliación del cupo para exportar a ese mercado, un dato que cambia la escala y reordena prioridades. Breitschmitt corrigió un número que suele repetirse mal: “No son 80 toneladas, son 80 mil toneladas”. Con esa ampliación, el total habilitado llega a 100 mil toneladas. Hasta ahora, detalló, se venían exportando “unas 20 mil toneladas por el cupo” y otras “15 mil o 20 mil toneladas más fuera del cupo”, con fuerte peso de productos industriales.
Ahí aparece una discusión estratégica que excede a la carne vacuna y toca de lleno a toda la matriz agroexportadora: qué vender, en qué proporción y a qué precio. Breitschmitt fue explícito al diferenciar el negocio premium de la carne para elaboración. “Hasta ahora se exportaba mucho lo que se llama el trimming, que básicamente es lo que se exporta para mejorar la calidad de los procesados en Estados Unidos”, explicó, con un ejemplo directo al consumo local de ese país: “Ellos consumen mucho elaborado, la famosa hamburguesa”. El objetivo ahora es “que se conserve la proporcionalidad entre lo que es carne de calidad y lo que es carne para elaboración”, y salir a validar la demanda real: “Nosotros podemos querer vender cualquier cosa, pero hay que ver qué es lo que piden del otro lado”.
En términos de cortes, el sello argentino busca apoyarse en lo que ya funciona y, al mismo tiempo, instalar nuevos hábitos. “El clásico… es el famoso ojo de bife. Ese es la marca insignia de la Argentina”, afirmó Breitschmitt. Pero el IPCVA también trabaja con promoción e influencers para empujar otros nombres que empiezan a ganar espacio: “Empieza a verse también la picaña… después está la colita de cuadril, la entraña”. Aun así, puso un número que marca el techo inmediato: dentro de las 100 mil toneladas, “lo que va de calidad van a ser más o menos unas 20 mil o 25 mil toneladas”.
La segmentación del consumo estadounidense muestra una realidad conocida por cualquier cadena de carnes (incluida la avícola y la porcina): penetrar masivamente lleva tiempo, y el primer paso suele ser el canal gastronómico. “Totalmente es así… no de un día para el otro se le van a cambiar los gustos a los norteamericanos”, coincidieron en la entrevista. En esa línea, Breitschmitt recordó un antecedente histórico que funciona como advertencia sobre lo que cuesta recuperar mercados cuando se pierden: “La Argentina fue un gran proveedor de materia prima para elaborar… las sopas Campbell. Entonces, cuando la Argentina perdió ese mercado, eso no se volvió a recuperar”. Traducción productiva: cada res debe encontrar destino y precio; no todo es bife ancho y lomo, también cuentan los industriales, enlatados y recortes.
La adaptación, además, no es solo comercial: es industrial y cultural. “Cada país tiene su animal y su forma distinta de despostar”, explicó el titular del IPCVA, y hasta recordó que “algunos frigoríficos trajeron despostadores de Estados Unidos para ver cómo se hace allá”, justamente por cortes como el t-bone, muy demandado en ese país. La lógica es la misma que atraviesa a la exportación aviar o porcina cuando se busca maximizar valor: el corte, la presentación, los estándares sanitarios y la constancia de entrega son tan determinantes como la calidad de origen.
Pero el cierre de la entrevista dejó la frase más política y más estructural: sin producción creciente, no hay estrategia comercial que aguante. Breitschmitt lo planteó con un contraste contundente: “Argentina está parada en unos 50 millones de animales desde hace muchos años… en algún momento estuvimos parecidos a Brasil y hoy ellos están en 230 millones de cabezas”. Y enumeró condiciones para revertirlo: “Necesitamos políticas de largo plazo, previsibilidad y, sobre todo, incentivo al productor”. Para una agroindustria que compite en un mundo donde Brasil, Estados Unidos y otros jugadores integran escala, financiamiento y reglas estables, el mensaje es claro: el diferencial argentino no puede descansar solo en la reputación del producto. “No nos podemos dormir en los laureles… nuestros competidores también están trabajando fuerte y no tenemos que dejar las riendas en el piso”.

