Fernando Navarro: tecnología, oficio y el desafío social detrás de los galpones inteligentes

En una charla distendida en Espacio Camila, el veterinario Fernando Navarro repasó dos décadas de trabajo colectivo en el GEA, recordó hitos sanitarios y tecnológicos que cambiaron para siempre la producción avícola y dejó una advertencia que excede al sector: la automatización avanza, pero el verdadero debate será qué hacemos con el empleo que se desplaza y cómo sostener el “oficio” dentro de un negocio cada vez más digitalizado.

El escenario fue el habitual encuentro semanal que los miércoles reúne a protagonistas de la avicultura: productores, veterinarios, nutricionistas y técnicos. Allí, entrevistado por Adalberto Rossi junto a Patricia Aller y Eugenia Quibel, Navarro se corrió del bronce, con humildad, ante los elogios: “Gracias por esos elogios, pero me queda grande el saco”. Sin embargo, su recorrido explica por qué su voz pesa en la conversación sectorial: acumula décadas de campo, transición tecnológica y participación institucional, en un momento en que la cadena avícola argentina discute productividad, costos y mano de obra en simultáneo.

Uno de los ejes de la entrevista fue el GEA, un grupo profesional que, según Navarro, se organizó “como un poquitito emulando al GTA” y que funciona desde noviembre de 2002 por iniciativa del doctor Víctor Sandoval. El formato habla de una cultura técnica que muchas veces escasea en ámbitos atravesados por la urgencia productiva: “Tenemos reuniones semanales desde marzo hasta noviembre… tratamos de convocar a disertantes del ramo para mantenernos informados y estar actualizados”. Pero el núcleo, remarcó, es el intercambio sin máscaras: “Ya perdimos entre nosotros el temor ese al ridículo y consultamos abiertamente… A veces la solución de un problema la buscamos entre varios”. En un negocio donde un error de manejo impacta en índices y caja, esa “camaradería” opera como una herramienta de competitividad.

Al repasar los cambios más significativos de su carrera, Navarro separó dos etapas claras: la de las grandes batallas sanitarias y la de la revolución tecnológica. “Cuando no sabíamos qué era el gumboro o cuando no sabíamos la lucha contra el Newcastle… el gumboro nos pegó una paliza, la hepatitis a cuerpo de inclusión…”. Superada esa curva de aprendizaje —con vacunación, bioseguridad y protocolos como nueva normalidad—, llegó lo que definió como lo más impactante: “la incorporación de la tecnología. Es increíble cómo se ha evolucionado y cómo ha mejorado”. En esa línea, recordó su contacto temprano con lo que se veía en Europa: viajes a Alemania invitado por Lohmann, experiencias que luego se tradujeron en decisiones concretas en la granja.

Esa “transferencia” tecnológica, contada desde la anécdota, es también historia de cómo se modernizó la avicultura local. Navarro relató que impulsó “el primer galpón de recría en jaula” en su establecimiento y describió el asombro que generó en colegas: “No podían creer que se pudiera criar una pollita bebé en una jaula con piquitos desde el primer día de vida”. En el trasfondo aparece una constante del agro argentino: la inversión y la adopción de tecnología no se producen por moda, sino por la presión para ganar eficiencia, reducir mortalidad, ajustar uniformidad y sostener escala en un mercado de márgenes estrechos y alta volatilidad.

La conversación derivó inevitablemente hacia la automatización y la inteligencia artificial, un tema que atraviesa a toda la agroindustria y empieza a redefinir rutinas en granjas, plantas y logística. Navarro se ubicó, sin imposturas, en el rol de observador que intenta aggiornarse: “Yo soy veterano ya… lo veo en mis colegas pares más jóvenes. Ellos la están aplicando… Pero yo no la aplico realmente. Veo que es necesario y trato de ir aprendiendo”. Rossi aportó ejemplos concretos del presente: galpones “totalmente automáticos” operados por celular, donde el encargado monitorea consumo, agua, peso y ambiente en tiempo real. La promesa es obvia: menos fallas, más control, decisiones más rápidas. Pero tanto Navarro como Aller marcaron un límite: todavía hay una dimensión humana que no se reemplaza. Dicho por él, con crudeza de campo: “Hay que ir a olfatear adentro a ver si hay una gallina muerta. Eso no lo van a poder reemplazar”.

En esa frase, que parece menor, se esconde una discusión grande: la avicultura se tecnifica, pero no se desmaterializa. Y el problema deja de ser solo productivo para volverse social y político. Navarro lo planteó sin rodeos: “El tema es cómo reubicás a esa gente que no va a tener tanto trabajo… Eso es lo que me preocupa realmente”. Si antes “para un galpón, hacían falta cuatro personas” y hoy “una persona puede manejar cuatro galpones”, la cuenta es directa. En un país donde el empleo formal es un bien escaso y la economía regional depende de estas cadenas, la modernización exige políticas de capacitación, reconversión y desarrollo territorial para evitar que la eficiencia se traduzca en expulsión silenciosa.

Finalmente, la entrevista dejó un dato que conecta técnica e institucionalidad: el GEA quedó a cargo de la organización del capítulo avícola dentro de un congreso veterinario general impulsado por el Colegio Veterinario bonaerense. Navarro adelantó que será “la quinta vez” que lo organizan y convocó al sector para el 21 y 22 de agosto en el Hotel 9 de Julio, con una jornada orientada a productores. En tiempos de cambios acelerados, sostener espacios de formación y encuentro no es un detalle: es parte de cómo la avicultura argentina puede seguir ganando productividad sin perder lo esencial, ese equilibrio entre datos, máquinas y la experiencia de quien entra al galpón, mira, escucha y —como dice Navarro— todavía necesita “olfatear” para decidir.

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