Pollo en la mesa argentina: entre el bolsillo, la salud y la innovación que empuja a la avicultura

En Argentina, el pollo dejó de ser “la alternativa” y pasó a ocupar un lugar central en la dieta cotidiana. En una entrevista con los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, la licenciada en Nutrición y coordinadora del CINCAP, Dolores Fernández Pazos, explicó por qué el consumo aviar creció, qué lo sostiene hoy y cuáles son los desafíos pendientes para una industria que combina economía doméstica, hábitos de vida y tecnología de alimentos.

Lic. Dolores Fernandez Pazos – Coordinadora del CINCAP

La discusión sobre si el pollo es o no “la carne más consumida” aparece cada vez que se publican estadísticas, pero el fenómeno de fondo resulta difícil de negar. “Viene ahí cabeza a cabeza, está la eterna discusión, depende del número que se mire, pero sí, la realidad es que el consumo se ha impuesto en los últimos años notablemente; de hecho se ve en las compras, en las casas, en todos lados”, resumió Fernández Pazos. Es una percepción que coincide con la realidad del mostrador: más rotación, más cortes, más productos listos para cocinar y una presencia extendida en hogares de distintos niveles de ingreso.

La primera razón, sin embargo, no es romántica ni aspiracional: es económica. Ante la pregunta directa de si el consumo crece por conocimiento nutricional o por precio, Fernández Pazos fue tajante: “Qué buena pregunta, yo quisiera contestarte la primera… pero sabés que no es así. La realidad es que el tema del precio invita a la gente a consumir carne de pollo”. En un país donde el poder adquisitivo y la inflación reordenan la góndola semana a semana, la avicultura aparece como un proveedor clave de proteína animal por su accesibilidad relativa y por su capacidad de abastecer con volumen.

Pero el cambio no se explica solo por el bolsillo. La coordinadora del CINCAP señaló que, con el correr del tiempo, la elección empieza a apoyarse también en atributos vinculados a la nutrición y a la practicidad. “En los últimos años lo que también nos muestran las encuestas y los grupos focales que hemos hecho es que se empieza a imponer el tema salud. La gente elige el pollo porque es más saludable, porque tiene menos grasa, porque es más versátil, más práctico y además porque es más accesible”, afirmó. Es decir: el motor inicial pudo ser el precio, pero la permanencia del producto en la mesa se consolida por una combinación de hábitos y percepción de bienestar.

La industria, a la vez, acompañó ese proceso con transformación de la oferta: del pollo entero “para familias grandes” a un abanico de cortes y elaborados que responden a hogares más chicos y a rutinas más exigentes. Rossi lo describió con una postal conocida: antes “era el pollo entero y tenías que tener la pinza para trozarlo”, hoy “podés ser uno solo, comprás la presita, la guardás”. En ese terreno, los productos listos para cocinar (patitas, nuggets, trozados, cocidos) y las presentaciones congeladas ganaron terreno porque reducen tiempo y desperdicio, dos variables que pesan tanto como el precio en la economía cotidiana.

Allí aparece un punto técnico que, para el sector, también es comercial: el IQF (congelado individual rápido). Quibel advirtió que el consumidor aún no lo identifica, y Fernández Pazos coincidió: “Creo que ahí todavía hay un gran trabajo por hacer, porque la gente a veces sigue comprando congelado en bloque”. La diferencia no es menor: “el IQF es eso, congelado individualmente, para poder sacar una sola pieza de la bolsa y descongelar o cocinar en el momento. Eso es un producto maravilloso”. En otras palabras, tecnología aplicada a conveniencia: porcionar mejor, planificar comidas, evitar descongelar de más y facilitar una alimentación más ordenada.

El desafío, para el complejo avícola y para las instituciones de promoción, es sostener el crecimiento sin caer en simplificaciones. Fernández Pazos remarcó que el trabajo del CINCAP sigue vigente, ya no solo para “desmitificar” sino para orientar el consumo dentro de hábitos saludables: “siempre promuevo no solamente el consumo de pollo, sino una alimentación saludable dentro de un estilo de vida saludable”. Y agregó un punto clave para cualquier política sectorial seria: “no todos podemos comer lo mismo en todo momento; no todos tenemos la misma salud o la misma situación de enfermedad. Hay que ir buscándole la forma”. En tiempos donde la Argentina debate competitividad, costos, exportaciones y abastecimiento interno, el pollo muestra cómo una cadena puede ganar lugar cuando combina precio, disponibilidad, innovación y mensaje. El próximo paso parece ser, también, cultural: que el consumidor entienda mejor lo que compra —desde los cortes hasta el IQF— y que la industria traduzca eficiencia productiva en confianza y calidad sostenida.

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