Mientras Argentina busca estabilidad y crecimiento, el agro vuelve a quedar en el centro de la escena: aporta el 22% de la actividad económica y explica el 60% de los dólares que ingresan por exportaciones. En una entrevista con Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, la economista jefa de FADA, Nicolle Pisani Claro, trazó un mapa claro del peso de las cadenas agroindustriales y del efecto derrame que sostiene a buena parte del interior productivo.
El tono de la conversación fue bien “bajado a tierra”, como suelen ser los informes de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), y se permitió una licencia inevitable en tiempos mundialistas: traducir la macroeconomía al lenguaje del fútbol. “El agro mete uno de cada cinco goles para lo que es la economía argentina”, afirmó Pisani Claro, al explicar que las cadenas agroindustriales representan el 22% del PBI. En esa cifra no entra solo la producción primaria: incluye “campo, industria, comercio, transporte y aquellos servicios que están estrechamente vinculados al sector agropecuario y agroindustrial”.
Para la industria avícola —que articula maíz y soja como insumos clave, industria de alimentos balanceados, genética, sanidad, integración, faena, logística en frío y canales comerciales— este dato no es menor. Hablar de cadenas agroindustriales es, justamente, hablar de entramados productivos donde la competitividad no depende solo del productor o de la granja, sino del funcionamiento sincronizado de múltiples eslabones y de condiciones macro que permitan invertir, producir y vender.
Pisani Claro ubicó además al agro dentro de un tablero económico más amplio, desarmando la idea de un país “de una sola actividad”. Detrás del agro aparecen rubros de fuerte participación como “la actividad inmobiliaria, el comercio, la salud, la educación, y la industria que no está ligada a las cadenas agroindustriales”. Y sumó un conjunto que completa el mapa: “transporte y la logística, la minería y la construcción”, dentro de un 32% restante de la actividad económica nacional. Para el campo y para la avicultura, esa diversidad es relevante: la demanda interna, el costo del transporte, la energía, el acceso a infraestructura y el dinamismo de las economías regionales condicionan márgenes y decisiones.
Donde el agro vuelve a ser indiscutible —y allí la avicultura exportadora también juega su partido— es en la generación de divisas. “En lo que son las divisas que entran al país por exportaciones, el agro genera seis de cada diez dólares que ingresan”, subrayó la economista. En una Argentina donde la restricción externa suele marcar el ritmo de la política económica, ese flujo de dólares “genuinos” no solo financia importaciones necesarias para producir (desde vacunas y equipamiento hasta repuestos y tecnología), sino que también ordena expectativas y define posibilidades de crecimiento.
El impacto no se agota en los números macro. Interpelada por Rossi sobre el “juego en equipo”, Pisani Claro fue directa: “El agro no juega solo, juega mucho junto a otros sectores”. Y agregó que para que el derrame exista se requiere coordinación entre actividades: industria, construcción, minería, real estate. El objetivo, señaló, es que “vayan todos en sintonía hacia el crecimiento económico para generar un efecto derrame en las diferentes regiones del país, generando más empleo, consumo, atrayendo inversiones y fortaleciendo a los pueblos y ciudades del interior”. En términos avícolas y ganaderos, eso se ve en cada planta que se instala o amplía: aparece empleo directo, pero también talleres, transportistas, proveedores, comercios y servicios que sostienen el arraigo.
En esa misma línea, Pisani Claro remarcó que cuando una actividad se consolida en una localidad, se activa una red que excede ampliamente al establecimiento productivo. “Tenemos los servicios vinculados, proveedores de insumos y de maquinarias, transporte y logística, el comercio relacionado a ese sector. Claramente hay un derrame que se va dando en las diferentes localidades”, explicó. En la avicultura, especialmente, la logística (alimento, pollitos BB, retiro a faena, distribución de producto, cadena de frío) es una condición de competitividad: donde hay inversión y continuidad productiva, hay también demanda de servicios y mejora del tejido industrial local.
Sobre el cierre, la economista de FADA aportó perspectiva para el año, en un contexto donde la política económica, el comercio exterior y el nivel de consumo interno siguen siendo variables sensibles para todas las producciones. El informe aludido corresponde al primer trimestre, en el que “hubo un crecimiento en torno al 2,3%”, impulsado “en parte por aumento del consumo, más que nada vinculado a algunas importaciones”, y por exportaciones en alza. Hacia adelante, estimó que el año “termine con un crecimiento de la actividad económica en torno al 2,8%”, con un segundo trimestre esperado en 1,2% y un tercero en 0,7%. La clave, dijo, estará en “la dinámica de inversiones y del comercio internacional” y “especialmente del consumo privado”, donde todavía se observan signos de desaceleración.
La foto final deja un mensaje claro para el agro y, dentro de él, para la avicultura, la ganadería y la porcicultura: el sector no solo pesa en producción y empleo, también define buena parte de la capacidad argentina de generar dólares y sostener actividad. Pero, como en el fútbol, el resultado depende de que el equipo completo funcione: reglas claras, inversión, logística, comercio exterior fluido y un mercado interno con poder de compra. Si esas piezas se alinean, el agro seguirá siendo goleador; si no, el partido se vuelve cuesta arriba para todos los eslabones de la cadena.

