Cáscara hasta la semana 100: la cuenta pendiente de la avicultura en ciclos largos

En la Argentina, donde la avicultura de postura viene extendiendo la vida productiva de las ponedoras hacia ciclos únicos de hasta 100 semanas, la calidad de la cáscara se transformó en un indicador económico crítico: lo que antes se “corregía” con un replume y un segundo ciclo, hoy exige planificación desde la recría. En diálogo con los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, el médico veterinario Marcelo Cáceres advirtió que llegar a la semana 80 con problemas de cáscara es, en la práctica, llegar tarde.

El punto de partida es un cambio estructural del sistema productivo. “Desde hace una cantidad de años, los productores ya están diseñando sus ciclos hacia las 100 semanas continuas”, explicó Cáceres. Ese viraje desarma el esquema clásico de 72-75 semanas, replume y reinicio, y pone sobre la mesa una realidad que combina genética más exigente con nutrición y manejo que muchas veces no acompañan a la misma velocidad. “La genética siempre puede un poco más”, resumió, y dejó entrever un desafío que atraviesa al sector: sostener eficiencia en un contexto donde cada huevo roto es margen que se pierde.

Para el especialista, la cáscara no se “arregla” al final: se construye desde el principio. “El productor tiene que entender que el calcio, en el interior de la gallina, es una caja de ahorro”, afirmó. Esa “caja” se forma y se consolida en etapas tempranas, especialmente durante la recría, cuando se define la estructura ósea que después sostendrá la demanda diaria de la postura. Por eso, cuando el problema aparece en la semana 80, la respuesta milagrosa no existe. “Uy, tengo problemas de cáscara, ¿qué voy a hacer ahora? Va a venir Superman, me va a dar un productito y santa solución. No, así no se trabaja”, disparó.

La explicación técnica tiene un impacto directo sobre decisiones productivas concretas. Entre la semana 5 y la 15 se termina de desarrollar el hueso cortical, el “esquelético”, clave para una base sólida. Luego, desde la semana 15, comienza a formarse el hueso medular, que será el reservorio funcional desde donde se moviliza calcio hacia la cáscara. En esa transición aparece un capítulo que en campo muchas veces se subestima por apuro, costos o desprolijidades: la prepostura. Para Cáceres, allí está el corazón del asunto: “La prepostura, en términos de lo que sería la calidad de la cáscara del huevo, es vital”, y remarcó la importancia del escalón nutricional que sube el calcio “del 0,8 al 2,2%”.

La ecuación se complica cuando el manejo no permite que el ave coma lo que debe comer. Cáceres pintó un escenario frecuente: “A través de malos manejos de alimentación, excesiva cantidad de gallinas por jaula, el consumo se resiente”. En ese momento se rompe el equilibrio entre lo que la gallina ingiere y lo que debe depositar en el huevo; entonces, para sostener la producción, empieza a “patinar” el sistema y el animal moviliza calcio del hueso medular. El resultado final, conocido por cualquiera que comercialice huevo: más fisuras, más roturas, más descarte, más reclamos y menos caja en un mercado donde el precio no siempre acompaña los costos.

En la entrevista también quedó claro que la calidad de cáscara es una mesa de tres patas. “Si miramos la calidad de la cáscara, tenemos que pensar que tiene tres patas: nivel de calcio, nivel de fósforo y nivel de vitamina D3”, indicó. Y fue contundente sobre el error más caro: el déficit. “El gran problema es el déficit de calcio. Ahí estamos en verdaderos problemas”. Además, alertó que no es solo cuestión de “dar más”: cuando el calcio sale del hueso, “no solo se moviliza calcio, sino fosfato de calcio”, por lo que el fósforo disponible y la herramienta enzimática (como fitasas bien ajustadas) pueden volverse limitantes.

Hacia el final del ciclo, la biología juega en contra y obliga a anticiparse. Cáceres explicó que, con la edad, cae la actividad de la enzima 1-alfa-hidroxilasa, que convierte vitamina D3 en su forma activa, y por eso “una sugerencia es elevar el nivel de vitamina D3 en esa etapa y combinarlo con un 1,25-hidroxil”. También mencionó la menor absorción de manganeso, cobre y zinc, proponiendo pasar a fuentes orgánicas más biodisponibles para sostener la performance. La clave, otra vez, es el timing: “Esas medidas no hay que tomarlas en la semana 85-90. Adelantemos eso… empezar en la semana 65-70”, recomendó, sumando un manejo práctico: carbonato de calcio grueso “de 3-4 milímetros” ofrecido por la tarde “si es factible”.

En un país donde la competitividad agroindustrial se juega tanto en el lote como en la macroeconomía, el mensaje de Cáceres baja a tierra con una lógica simple: planificar la nutrición y el manejo para ciclos largos es proteger calidad, reducir pérdidas y sostener eficiencia. Y en la avicultura argentina, donde cada punto de merma puede definir la rentabilidad del galpón, la cáscara no es un detalle: es un indicador de gestión. Como sintetizó el veterinario, “la genética nos devuelve todo lo que nosotros le damos nutricionalmente”; la industria, ahora, necesita devolverle a la genética un plan a 100 semanas, no un parche a último momento.

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