Nutrición de precisión: la clave silenciosa que define la rentabilidad

En un escenario de costos crecientes, volatilidad internacional y una genética aviar que empuja los límites productivos año a año, la alimentación vuelve a quedar en el centro del negocio. En una entrevista con los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, Fernando Caeiro, gerente comercial de Brower, explicó por qué la nutrición dejó de ser un tema “técnico” para convertirse en una decisión económica, sanitaria y estratégica para toda la cadena avícola argentina.

La primera definición de Caeiro ordena la discusión: el alimento es, hoy, el principal costo de una empresa avícola. “La nutrición o el alimento en general es el costo mayor que tiene una empresa hoy en día”, remarcó. Y esa afirmación, que en el sector se repite casi como un mantra, gana peso cuando se la ata a márgenes cada vez más finos: “pequeños números en los valores productivos y en la rentabilidad son la diferencia entre que una empresa gane o pierda dinero”. En un país donde la competitividad suele oscilar más por el tipo de cambio, los derechos de exportación o el precio interno del maíz que por decisiones de largo plazo, la eficiencia intramuros aparece como refugio y como herramienta.

En esa línea, Rossi trazó un paralelismo directo entre genética y nutrición: producir con aves modernas implica alimentarlas como atletas. Caeiro lo convalidó sin matices: “Son deportistas de alto rendimiento”. La comparación no es retórica: con genéticas que convierten mejor, crecen más rápido y sostienen curvas de postura más exigentes, la dieta deja de ser “maíz y soja” para transformarse en un conjunto de decisiones de precisión. “La genética va avanzando a una velocidad impresionante. Con la nutrición pasa algo similar… cambia el detalle en el nivel de las fórmulas; aparecen cada vez más aditivos que hacen que esa nutrición sea mucho más precisa. Creo que la palabra clave hoy en día es nutrición de precisión”, sintetizó.

Ese concepto, además, se cruza de lleno con el comercio exterior y la macroeconomía. Aunque el maíz y la soja sean el corazón de la ración, la formulación moderna depende de insumos que se mueven al ritmo del mundo: enzimas, vitaminas, minerales, aminoácidos. Caeiro encendió una alerta con nombre propio: la guerra y su efecto sobre los precios internacionales. “Han aumentado tremendamente los costos de aminoácidos, fosfatos, vitaminas; la vitamina E, por ejemplo”, señaló, y advirtió que, aunque el traslado a la industria local todavía no haya sido pleno, “habrá que prestar mucha atención a los costos de reposición”. En un mercado argentino donde muchas veces se decide con precios “viejos” y reposiciones “nuevas”, ese descalce puede impactar fuerte en la cuenta final.

Patricia Aller aportó otra dimensión: la nutrición como inversión sanitaria. La ecuación es conocida en granja: lo que se invierte en calidad y prevención, se ahorra en pérdidas y tratamientos. Caeiro fue tajante: “Utilizar un alimento de alta calidad con insumos de calidad, como maíz y soja para disminuir riesgos de micotoxinas, más enzimas, probióticos y otras herramientas, hace que el animal performe mejor”. La consecuencia no es menor: mejor conversión, llegada más rápida a peso en parrilleros o más persistencia y cantidad de huevo en ponedoras. En tiempos donde el productor mira cada punto de conversión alimenticia como si fuera el tipo de cambio, el retorno de esa inversión se vuelve parte del lenguaje cotidiano. “Esa inversión en alimento tiene un retorno positivo; hoy nadie discute eso”, concluyó.

Cuando Eugenia Quibel preguntó por dónde se empieza una planificación nutricional, Caeiro corrió el foco de la “fórmula mágica” y lo llevó al sistema completo. “No es un producto, son varias cosas”, respondió, y puso el acento en etapas que muchas veces se subestiman. En ponedoras, apuntó a la recría: “a veces no se le da la relevancia que tiene a la recría, porque no pone huevo. Pero si no invertimos y trabajamos eficientemente en la recría, eso lo paga el ave adulta”. En engorde, destacó el arranque: “los alimentos preiniciales, que son los de menor volumen, son clave. Un pollito que arranca fuerte la primera semana ya tiene la mitad de la crianza ganada”. En crianzas cada vez más cortas y ajustadas, el día 7 se vuelve un punto de no retorno.

La entrevista también dejó claro que no existe una “nutrición avícola” única: el objetivo productivo manda. “No es lo mismo un animal destinado a producir huevos, con gran demanda de calcio y otros nutrientes, que uno destinado a producir carne”, explicó Caeiro. Consultado sobre eficiencia, admitió que “el parrillero convierte un poco mejor”, aunque recordó que son modelos de negocio distintos, con ciclos, riesgos y flujos de caja también distintos. Pero en un punto coincidió con sus entrevistadores: tanto ponedoras como parrilleros alcanzaron niveles de eficiencia “tremendos” frente a una década atrás, una evolución que en Argentina convive con desafíos estructurales: costos, acceso a insumos importados, volatilidad y la necesidad permanente de planificar en terreno cambiante.

Entre la niebla matinal y los problemas de comunicación de la llamada —que los periodistas resolvieron con humor y nostalgia de teléfonos públicos— quedó una conclusión sólida para el sector: la competitividad avícola argentina ya no se juega solo en el precio del grano o en la coyuntura política. Se juega, cada vez más, en la capacidad de gestionar una nutrición de precisión, blindarse frente a shocks internacionales de insumos y entender que recría, arranque y calidad de materias primas son decisiones económicas tanto como zootécnicas. En palabras de Caeiro, cuando el alimento es el mayor costo, la diferencia entre ganar o perder puede estar escondida en “pequeños números” que, bien manejados, valen toneladas.

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