Los feedlots argentinos operan con muy buenos niveles de ocupación, impulsados por una combinación de factores productivos y comerciales. En los últimos dos años, y en parte también durante el período más reciente, la recuperación de los campos y las pasturas luego de la sequía permitió recomponer el ciclo ganadero. A esto se sumaron una mayor dinámica exportadora y condiciones de comercio que favorecieron la valorización de la hacienda.
Sin embargo, la mejora no se distribuyó de manera uniforme entre los distintos eslabones. “Nosotros somos el eslabón, el jamón del sándwich”, graficó Juan Eiras al describir la situación de los engordadores a corral. El dirigente explicó que el mayor incremento relativo de precios quedó en manos del criador, responsable de producir el ternero que luego necesitan los feedlots y los sistemas mixtos de pastoreo y suplementación.
El valor de la invernada se convirtió así en uno de los principales condicionantes para la rentabilidad del engorde. Si bien el precio final de la carne vacuna también se fortaleció, el aumento del costo de la materia prima limita el resultado de los corrales. A esto se suma un consumo interno que, de acuerdo con Eiras, registró una baja de entre 10% y 12% durante el semestre, especialmente en los cortes que llegan a las carnicerías y a las grandes cadenas comerciales.
La menor faena es otro de los rasgos centrales de la coyuntura. El director de la Cámara Argentina de Feedlots estimó que se sacrificó alrededor de un millón de cabezas menos en el año, a un ritmo aproximado de 100.000 animales menos por mes. No obstante, la reducción de la cantidad de animales fue parcialmente compensada por un mayor peso promedio de las carcasas.
“Si por cada animal teníamos 223 kilos de carne hace tres años atrás, ahora estamos en 240, 242 kilos”, explicó Eiras. Este incremento permite sostener buena parte de la producción total aún con una oferta ganadera más ajustada. También contribuyó a mantener relativamente estable el volumen exportado, que continúa siendo dinámico, aunque sin un crecimiento abrupto.
En el mercado interno, el retroceso de la carne vacuna no implica una caída general del consumo de proteínas animales. Eiras remarcó que la matriz argentina se mantiene en torno de los 112 a 116 kilos anuales por habitante, sumando carne vacuna, pollo y cerdo. La diferencia está en la composición: mientras el consumo de carne vacuna se ubica cerca de los 42 o 43 kilos por persona, el pollo ronda los 50 kilos y el cerdo se aproxima a los 20 kilos.
El reacomodamiento de precios entre las distintas carnes es uno de los fenómenos que modificó las decisiones de compra. Según el dirigente, un kilo de carne vacuna debería equivaler aproximadamente a cuatro kilos de pollo, mientras que el cerdo debería ubicarse en torno de la mitad del valor de la carne bovina, siempre considerando cortes y referencias comparables. Esta relación, vinculada con los costos y la duración de los ciclos productivos, favorece la sustitución parcial de la carne vacuna por alternativas más accesibles.
En materia de producción, el desafío para los feedlots pasa por consolidar un modelo que responda a la demanda internacional de carnes terminadas con mayor grado de marmoleo. Eiras señaló que los consumidores de Asia, Estados Unidos y Europa valoran cada vez más los animales sometidos a períodos prolongados de alimentación a corral, de aproximadamente 120 a 140 días, porque la grasa intramuscular mejora la terneza y el sabor.
El dirigente destacó que incluso en mercados asociados tradicionalmente con sistemas pastoriles se observa una preferencia concreta por carnes con mayor infiltración de grasa. “El consumidor compra la imagen de La Pampa, pero cuando la prueba elige la que tiene esos 120, 140 días de corral”, afirmó. Esta tendencia abre oportunidades para la ganadería argentina, aunque exige avanzar en calidad, previsibilidad y capacidad de abastecimiento.
China aparece como uno de los principales destinos potenciales para ese tipo de producto. El desafío, según Eiras, consiste en colocar cortes de alta calidad en las grandes ciudades del país asiático, donde existe una importante cantidad de consumidores con alto poder adquisitivo. El principal obstáculo no sería únicamente el costo del transporte, sino el tiempo de viaje, dado que los plazos logísticos pueden reducir la vida útil del producto y complicar la distribución.
En paralelo, Estados Unidos mantiene una fuerte demanda y la Argentina habría utilizado buena parte del cupo disponible, al pasar de un volumen de 20.000 a 100.000 toneladas. Este escenario refuerza la necesidad de sostener una oferta exportable de calidad, sin descuidar el abastecimiento y la capacidad de compra del mercado interno.
El clima también representa una variable de riesgo para los próximos meses. Ante la posibilidad de un episodio de El Niño con lluvias intensas, Eiras advirtió que las zonas bajas de Entre Ríos, Santa Fé, Corrientes y buena parte de Buenos Aires podrían enfrentar dificultades para mantener los animales en los campos. Los feedlots podrían recibir parte de esa hacienda, como ya ocurrió en otras inundaciones, aunque tampoco están exentos de los problemas.
“El barro en los corrales es un problema para el engorde”, subrayó. Las lluvias excesivas deterioran las condiciones de los corrales, afectan la conversión alimenticia y complican el manejo sanitario y operativo. Por eso, la expectativa del sector es que el fenómeno se presente con una intensidad menor a la proyectada. La llegada de las precipitaciones durante la primavera sería, de todos modos, menos perjudicial que un escenario similar en otoño, debido a la recuperación posterior de las pasturas y a las mejores condiciones para atravesar el período.

