El impacto de El Niño ya se observa en distintas regiones del país, aunque con características diferentes según cada zona. Misiones, Corrientes, sectores de la Patagonia, el sur de Cuyo, Neuquén y buena parte de la provincia de Buenos Aires atraviesan situaciones complejas por la acumulación de agua, los suelos anegados y el desborde de cursos de agua. “Vemos a un montón de productores transitando por distintas localidades de la provincia de Buenos Aires y se ven los campos que parecen piletas”, describió Gattinoni.
La especialista explicó que no se trata de un fenómeno exclusivamente argentino, sino de un evento de escala global originado por el calentamiento anormal de las aguas del océano Pacífico. Esa alteración modifica la circulación atmosférica y genera respuestas diferentes en cada región. Mientras el Litoral argentino, el sur de Brasil, Paraguay y Uruguay reciben mayores aportes de humedad, en el norte de Brasil la situación es opuesta y persiste la necesidad de lluvias.
En la Argentina, el Litoral aparece como una de las áreas más expuestas durante la primavera y el verano. La combinación de suelos saturados, crecidas de ríos y nuevas precipitaciones puede complicar el acceso a los establecimientos, el traslado de hacienda, la implantación y cosecha de cultivos, además de generar dificultades para la logística de granos, alimentos balanceados y otros insumos vinculados con las cadenas avícola, ganadera y porcina.
Gattinoni remarcó que la presencia de nubosidad y las bajas temperaturas de octubre limitaron la evaporación del agua acumulada. Si bien durante la primavera aumenta la radiación solar, los cielos cubiertos impidieron que ese excedente hídrico se disipara con mayor rapidez. En consecuencia, muchos lotes y caminos rurales permanecen en condiciones críticas, con escasas posibilidades de recuperación inmediata.
De acuerdo con los modelos climáticos analizados por el INTA, el período más relevante será el trimestre comprendido entre noviembre y enero. La investigadora aclaró que las previsiones no significan necesariamente que lloverá un determinado porcentaje por encima de lo normal, sino que aumentan las probabilidades de que se registren precipitaciones superiores a los valores habituales. “No te estoy diciendo que haya un 60% más de precipitación, pero sí que es un escenario en el cual vamos a estar con esta posibilidad de precipitaciones y, por ende, también por eventos un poco más intensos”, explicó.
El contexto también favorece la formación de tormentas severas. La llegada de mayor humedad, el incremento de la radiación y las temperaturas propias de la primavera y el verano constituyen condiciones propicias para tormentas fuertes, granizo, ráfagas y actividad eléctrica. A estos factores se suma un escenario climático general más cálido, que en los últimos años estuvo asociado con una mayor frecuencia de eventos extremos.
La climatóloga señaló que El Niño no es el único responsable de las tormentas intensas, ya que la región naturalmente presenta mayor riesgo durante la primavera y el verano. Sin embargo, el fenómeno contribuye a reforzar los mecanismos atmosféricos necesarios para la formación de nubes convectivas. Por eso, recomendó seguir los alertas y avisos de corto plazo emitidos por el Servicio Meteorológico Nacional, dado que estos episodios no pueden predecirse con precisión con varios meses de anticipación.
Respecto de la evolución posterior, Gattinoni explicó que todavía existen dos escenarios posibles: una transición hacia condiciones neutrales o el desarrollo de una fase Niña. En términos generales, La Niña tiende a reducir las precipitaciones, aunque la especialista advirtió que no todas sus manifestaciones son iguales. Como antecedentes, mencionó los episodios de 1997-1998 y 2015-2016, que fueron seguidos por períodos de Niña durante los años posteriores.
Mientras tanto, el desafío para el sector agropecuario es atravesar los próximos meses con planificación y capacidad de respuesta. La acumulación de agua puede aliviar el déficit hídrico que afectó a varias regiones, pero también generar pérdidas productivas cuando supera la capacidad de absorción de los suelos o impide las tareas habituales. En este escenario, la información climática, el monitoreo de los lotes y la anticipación frente a los pronósticos serán herramientas centrales para reducir riesgos.
“Hay que llegar al otoño, pasemos esto, pero sin miedo y preparados”, sintetizó Gattinoni. Para la producción agropecuaria, esa preparación implica revisar caminos y accesos, asegurar la disponibilidad de alimento y agua para los animales, proteger instalaciones, ajustar calendarios de labores y mantenerse atentos a las alertas. El Niño seguirá siendo un factor determinante para la economía rural argentina, con efectos que alcanzarán tanto a los cultivos como a la ganadería y a las cadenas de producción animal.

