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    La industria avícola argentina, testigo silencioso de una economía en crisis

    El economista Darío Rubinsztein analizó cómo se refleja la crisis económica argentina en hábitos de consumo y alimentación, señalando el crecimiento del consumo de productos avícolas como respuesta a la pérdida de poder adquisitivo. El ejemplo del huevo y el pollo frente a la carne vacuna resume una tendencia con profundas implicancias para el sector agropecuario.

    El economista Darío Rubinsztein ofreció un crudo diagnóstico sobre la situación económica del país, con especial énfasis en las estrategias que adoptan los ciudadanos frente al deterioro del poder adquisitivo. En ese contexto, la industria avícola se convirtió, sin buscarlo, en un indicador clave: “El consumo de huevos creció exponencialmente porque es un alimento muy barato, no porque sea un alimento que la gente elija”, consideró Rubinsztein.

    El economista explicó que la sustitución de productos alimentarios más caros por otros más accesibles no es una elección cultural sino una obligación económica. “Con el pollo pasa lo mismo: el consumo crece en detrimento de la carne vacuna porque es más barato”, afirmó. En medio de una inflación persistente y salarios estancados, la proteína animal aviar se posicionó como el nuevo eje de la dieta del argentino promedio, dejando a la ganadería vacuna en un segundo plano.

    Rubinsztein detalló que un maple de huevos, que ronda los 6.000 pesos, puede rendir para diez comidas si se planifica bien. “Es barato. Con un poco de verdura ya te hiciste un plato de comida”, indicó. Este análisis no sólo pone de relieve el rol crucial que juega la producción avícola para familias de recursos limitados, sino también cómo el sector se adapta a una nueva demanda guiada por la necesidad más que por la elección.

    Frente a esta tendencia, crece la importancia de lo que el propio Rubinsztein denominó “consumo inteligente”. En su visión, estamos ante un consumidor obligado a convertirse en experto para sobrevivir económicamente. “Hay que entender qué es una oferta y qué no lo es”, advirtió, y subrayó que muchas promociones son solo disfraces. Esta dinámica impacta también en el pequeño productor agropecuario, que ve cómo debe competir con precios irrisorios en mercados mayoristas, generalmente dominados por la concentración.

    Ante la imposibilidad de acceder a productos más caros o invertir en bienes durables como un inmueble, el ciudadano común destina su ingreso a sobrevivir, aún a costa de su rendimiento nutricional. Si bien los huevos y el pollo son saludables, la falta de variedad y el recorte en frutas y verduras frescas —muchas también con precios inalcanzables— genera una dieta reducida.

    Finalmente, el analista económico sostuvo que el desafío es doble: por un lado, las familias apenas logran administrar el consumo diario; por otro, los productores avícolas, ganaderos y porcinos deben adaptarse a mercados donde se privilegia el precio por sobre la calidad. Mientras tanto, la industria avícola se mantiene en pie gracias a su accesibilidad, pero el riesgo es concreto: un país que come barato porque no puede permitirse otra cosa también está alimentando la precariedad estructural de su aparato productivo agropecuario.

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