En un año atravesado por la búsqueda de eficiencia, la tecnificación de granjas y el tironeo permanente de la macroeconomía argentina, Equipamiento Burlot celebra 60 años en Urdinarrain, Entre Ríos. En una entrevista con los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, Gastón Bourlot repasó el origen familiar de la firma, explicó el nuevo esquema comercial de Big Dutchman en la región y dejó una definición que resume el pulso del interior: cuando al productor “le queda un mango”, lo reinvierte en tecnología para producir más y mejor.
El aniversario de Burlot es, también, una postal de lo que significa sostener una empresa industrial ligada al agro en la Argentina. “Son 60 años; en Argentina 60 años yo creo que son 120 en cualquier otra parte del mundo”, graficó Bourlot, al repasar los vaivenes de la economía local y el modo en que la empresa se fue adaptando para sobrevivir y crecer. La historia arranca como metalúrgica, con el empuje de su fundador —Rubén Burlot— y una familia que puso el hombro en las etapas más duras: “A mitad de camino sufrimos problemas económicos. Mi madre, que era directora de una escuela acá, le ayudaba con su sueldo. Todo el sueldo de mi madre venía a la compañía para mantener parte de la administración”.
Esa resiliencia, explicó, terminó construyendo una forma de trabajo que hoy se traduce en liderazgo de mercado en equipamiento para pollos, huevos y también porcinos. No es un dato menor en una cadena como la avícola, donde la competitividad ya no depende solo del precio del maíz o la soja, sino cada vez más del control ambiental, del manejo de datos y de la capacidad de transformar inversión en kilos de carne o docenas con eficiencia. “Gracias a Dios yo creo que eso ha forjado una personalidad y una manera de hacer las cosas que nos permite ser sustentables en el tiempo”, resumió.
En el plano del comercio y la estrategia empresarial, Bourlot confirmó un cambio relevante para el acceso a tecnología importada: Big Dutchman, líder mundial en galpones y equipamiento, profundizó su esquema de trabajo por distribuidores en Latinoamérica. “Se cambió la política y se trabaja a través de distribuidores. O sea, Big Dutchman no vende más directamente”, explicó. El objetivo, según dijo, es asegurar que el producto llegue correctamente, se instale como corresponde y tenga respaldo técnico. La comparación con el agro argentino es directa: “Nosotros siempre comparamos a Big Dutchman con John Deere… Siempre vas a necesitar un concesionario oficial, repuestos originales y que te enseñen cómo manejarlo”. Detrás de esa frase hay un tema de fondo: en un país con restricciones, volatilidad cambiaria y costos financieros altos, el servicio posventa y el stock local pueden definir una campaña productiva.
Pero si hay un motor constante, es la lógica de reinversión del productor. Patricia Aller lo planteó con claridad durante la charla: aun en contextos complejos, el granjero busca renovar instalaciones y sumar tecnología. Bourlot lo validó y lo vinculó a la rentabilidad relativa de cada etapa: “Hay veces que hablás con productores y te rememoran los años 90 cuando cobraban 50 centavos de dólar el pollo… Y bueno, hoy se está cobrando más que eso. Entonces, hoy particularmente es un buen momento para invertir”. Y remató con una de las frases más repetidas —y más ciertas— del interior productivo: “Todos los productores argentinos lo llevan en el ADN: siempre se reinvierte”.
La tecnificación, sin embargo, no es solo comprar equipos: exige conocimiento, capacitación y acompañamiento. Eugenia Quibel lo enfocó en el valor del asesoramiento a medida, y Bourlot respondió con una idea de “mesa de tres patas”: producto, capacitación y soporte ante problemas. “Es nuestra tarea, casi nuestra obligación moral, acercar la tecnología al granjero… y hacérsela fácil para que explote la capacidad de los productos”, sostuvo. Como ejemplo de ese enfoque, mencionó formación específica en ambiente y control: “La semana pasada estuvo mi primo Mariano en la Universidad de Georgia capacitándose… Se trata de esto: de capacitarse, tener el producto primero… y después saber cómo usarlo”.
En esa transformación, lo que antes era conversación de especialistas hoy es rutina de granja. “Hoy por hoy el manejo de un controlador y el conocimiento sobre el ambiente son temas que se hablan prácticamente con los granjeros”, describió Bourlot. Y subrayó un quiebre cultural y técnico: “Hace 10 años era impensado sentarse a hablar sobre ambiente, sobre presión negativa, sobre distintos conceptos técnicos con los usuarios finales. Y hoy el mismo usuario te exige que estés capacitado”. El cambio viene empujado por varias puntas: la genética avanza, las integraciones piden resultados y el margen se defiende con precisión. “La genética no es la misma… las empresas integradoras también tienen el conocimiento… y son las que quieren explotar al máximo esa genética en producción”, advirtió.
A 60 años de su nacimiento, Burlot celebra con los pies en el barro de Entre Ríos y la mirada puesta en una avicultura que se vuelve más profesional, más medida y más dependiente de tecnología aplicada. En la Argentina que oscila, las empresas que logran sostener stock, servicio y capacitación se convierten en piezas clave de la competitividad. Y en un país donde el clima y la macro siempre amenazan con correrse del libreto, la industria avícola parece sostener una certeza: el productor no se queda quieto; si hay margen, vuelve al galpón, reinvierte y empuja.

