Bioseguridad antes que vacunación: la estrategia de la avicultura argentina frente a la influenza aviar

Mientras en el debate público crece la pregunta sobre si “hay que vacunar” contra la influenza aviar, desde el corazón de la industria procesadora avícola ponen paños fríos y reordenan prioridades. Carlos Sinesi, director ejecutivo del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA), sostiene que hoy no existe en Argentina una vacuna registrada y que, a nivel mundial, todavía no hay una herramienta con la eficacia esperable para enfrentar al H5N1. En ese escenario, la agenda inmediata pasa por reforzar la bioseguridad, acelerar mecanismos de zonificación sanitaria con los mercados externos y evitar que un foco puntual vuelva a bloquear exportaciones de todo el país.

La primera aclaración que deja Sinesi es contundente y busca despejar la confusión que se instaló incluso dentro del sector: “En la Argentina no hay registrada hoy ninguna vacuna”. Pero además advierte que el problema excede lo regulatorio local: “En el mundo hoy no hay una vacuna con la eficiencia que podría tener, por ejemplo, una vacuna como las que conocemos en ganadería”. La comparación con patologías habituales de la producción avícola —Newcastle, Gumboro— no es casual: allí la vacunación es una herramienta probada; en influenza, en cambio, el escenario es más inestable y el virus se comporta con una dinámica que complica la respuesta.

Según explica, parte de lo que se presenta como “vacunar contra influenza” en realidad corresponde a “la mayoría está vacunando contra otro serotipo que no es el H5N1”, lo que puede reducir excreción viral y bajar contagios para ese serotipo, pero no garantiza cobertura contra la variante que hoy preocupa a toda la región. El diagnóstico es pragmático: el H5N1 “está para quedarse” y ya no puede pensarse como un fenómeno exclusivamente asociado a aves migratorias, porque circula en múltiples países y en forma persistente.

Los ejemplos regionales que menciona funcionan como advertencia para la política sanitaria argentina. “Te pasa como en México, que vacunan y hay influenza igual”, señala, y agrega que en Ecuador también hubo rebrotes tras campañas de vacunación en zonas claves. El mensaje de fondo es que una vacuna imperfecta puede dar una falsa sensación de control, sin resolver el riesgo sanitario y, además, con consecuencias comerciales: en exportación, los compradores observan no sólo la decisión de vacunar, sino la capacidad de demostrar estatus sanitario y control efectivo.

Por eso Sinesi insiste en una frase que condensa la posición del sector exportador: “Para mí la mejor vacuna es la bioseguridad”. En términos productivos, la recomendación apunta a rutinas básicas de ingreso y egreso, control de vehículos y visitantes, higiene de calzado y ropa, separación de áreas limpias y sucias, y una disciplina que no se negocia. Lo sintetiza sin eufemismos: “Cuando decimos que la tranquera se cierra y no entra nadie, es nadie. No es un amigo, un vecino o un primo. Nadie”. Y detalla medidas conocidas pero a menudo incumplidas: pediluvios en condiciones, desinfectantes correctos, cal viva donde falten vestuarios, cambio de botas y ropa.

La entrevista también expone una realidad incómoda: muchos brotes no entran “volando” sino “caminando”. Adalberto Rossi lo plantea con crudeza, y Sinesi coincide: “Indudablemente es así”. Incluso menciona el seguimiento de fauna silvestre y un dato de interés epidemiológico: un “cisne coscoroba” que apareció vinculado a brotes en Chile, Brasil y Argentina, una especie regional que migra hasta el norte de Brasil. Sin embargo, aun reconociendo el rol de la fauna, el foco vuelve al factor humano: si el virus entra por una puerta abierta, la falla suele estar en los procedimientos.

En paralelo al frente sanitario, aparece el eje económico-comercial, donde la zonificación es la llave para que un brote no se transforme en un cierre generalizado de mercados. Argentina ya tiene avances, pero con límites: “De los 100 destinos que tenemos, hay entre 45 y 50” con esquemas de zonificación, explica, y aclara que “se negocia con cada país en particular” porque “no es algo global” y “lo pone el país de destino”. La base técnica suele ser un radio de 10 kilómetros alrededor del foco, pero el tamaño final puede ser mayor o incluso abarcar una provincia completa; “Arabia Saudita acepta provincia”, ejemplifica. El desafío es diplomático, sanitario y técnico a la vez: sostener credibilidad, actuar rápido y documentar todo.

Sinesi también ubica el tema en un tablero regional donde la coordinación política pesa tanto como la sanidad. Hubo conversaciones con Senasa para definir destinos prioritarios y reuniones en el ámbito del Mercosur ampliado. La lógica es clara: “Si entre vecinos no nos ponemos de acuerdo, es muy difícil que otros nos acepten”. Con Brasil, dice, hay zonificación y compartimentación para genética; con Chile “se había avanzado, pero con el brote de febrero retrocedimos”. Y con la Unión Europea, el paso previo es volver a autodeclararse libre antes de reabrir la discusión.

El último tramo de la conversación deja una enseñanza que excede a la avicultura: el enemigo es la relajación. Ante la pregunta de por qué se aflojan medidas simples cuando el costo potencial es enorme, Sinesi recurre a una comparación directa con la salud pública: “¿Ustedes creen que hoy no hay COVID en el mundo? Hay… Es lo mismo: la gente se relaja y piensa ‘a mí no me va a tocar’”. En el campo, esa confianza puede costar miles de aves, semanas de parate, sacrificio sanitario y pérdida de mercados. Por eso cierra con una idea que también es política sectorial: “Hay que capacitar más. Comunicar es la mejor manera de mejorar la bioseguridad”.

En síntesis, la avicultura argentina enfrenta un dilema clásico entre tecnología y gestión: la vacuna ideal todavía no llegó —“para H5N1 hoy no hay nada concreto”—, pero el negocio no puede esperar. Mientras el mundo investiga, el sector apuesta a cerrar grietas en el eslabón más débil: el cumplimiento cotidiano de la bioseguridad y una estrategia inteligente de zonificación para que un brote no vuelva a convertirse en una crisis nacional de exportaciones.

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