Mientras Brasil consolidó una expansión exportadora sostenida en proteína animal, Argentina exhibe potencial y condiciones productivas similares, pero con resultados más irregulares. En una entrevista con Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, Ricardo Santín, presidente de la Asociación de Proteína Animal de Brasil, puso el foco en dos factores decisivos para el presente y futuro del sector: las políticas públicas que condicionan la inversión y el comercio, y la necesidad de rediseñar la estrategia regional frente a la influenza aviar para no perder mercados.


Esa lectura conecta con el debate argentino de fondo: la industria avícola y el resto de las cadenas de carne (bovina, porcina) se apoyan en inversiones intensivas, integraciones, financiamiento y reglas estables para competir globalmente. Santín lo resumió sin rodeos: “Hay que invertir mucha plata, hay que el gobierno tomar la decisión de ayudar a los productores que tienen las condiciones totales de crecer en la agricultura argentina”. Y remató con un mensaje que en Argentina suena a oportunidad pendiente: el país “se tornar cada vez más grande exportador, porque ya es un gran exportador”. Es decir, no se trata de inventar una vocación nueva sino de quitar obstáculos para acelerar una trayectoria.
El segundo gran eje de la entrevista fue la influenza aviar, que ya no es un evento excepcional sino una variable permanente del negocio. Patricia Aller planteó la discusión que atraviesa a todos los países: vacunación sí o no, con posturas divergentes entre productores de carne y de huevo. Santín describió el cambio de paradigma que se impone: “este es un reto… hoy no es algo que tenemos que combatir solamente, tenemos que convivir con la enfermedad, está en todos los continentes”. La frase es clave: convivir implica protocolos, monitoreo y, sobre todo, acuerdos comerciales sanitarios para evitar cierres generalizados ante casos aislados.
En ese punto, Santín defendió la regionalización como herramienta para sostener exportaciones sin comprometer la sanidad. Contó que dialogó con autoridades sanitarias internacionales para impulsar una “regionalización vacunal” y reclamó proporcionalidad en las medidas comerciales: “no se puede cerrar los mercados por cuenta de este virus… no se transmite por la comida, no se transmite por las personas”. El entrevistado cuestionó el impacto de decisiones externas sobre Argentina ante episodios puntuales: “Pero no cerrar mercados como lo hicieron, como están haciendo ahora con Argentina, un brote más, pero sí un brote único”. El trasfondo es delicado: cada suspensión de compras golpea plantas, contratos, logística y precios internos, y termina afectando el incentivo a invertir en bioseguridad.
Brasil, explicó, viene trabajando activamente para lograr reconocimientos internacionales de zonificación. “Brasil, tenemos hecho algo que llamamos roadshow para la regionalización. Estamos hablando con varios países, muchos ya lo reconocieron”, sostuvo. Y subrayó que la respuesta sanitaria debe estar alineada con la competitividad: si los brotes son “casos aislados”, la región debe demostrar capacidad de contención sin que eso implique castigos comerciales de alcance nacional. En términos de política agroindustrial, la regionalización es una manera de proteger empleo y valor agregado: mantener funcionando la exportación de zonas libres, mientras se controla el foco con trazabilidad y transparencia.
Finalmente, Eugenia Quibel llevó la conversación al terreno de la demanda global. Si el pollo es la proteína animal más consumida, ¿todavía puede crecer? Santín respondió que sí, y ubicó la oportunidad donde menos se la mira desde el Río de la Plata: el consumo bajo por falta de oferta, no por falta de preferencia. “Hay mucha gente en África, en Asia… que consumen 4 kilos per cápita… 5 kilos… y solamente consumen poco porque no tienen oferta”. El problema, según describió, es el proteccionismo de grandes mercados: “India, Nigeria, Indonesia, Bangladesh, Pakistán… son más de 2 mil millones de personas que comen muy poca proteína animal”. Para el Mercosur, esa barrera es a la vez amenaza y horizonte: si se abrieran esos destinos, “tengo certidumbre de que ellos irían a comer más” si accedieran a una proteína “saludable” como el pollo regional.
La entrevista deja una conclusión transversal para la avicultura y el agro argentino: el potencial no está en discusión, pero la competencia global se juega en dos frentes simultáneos. Puertas adentro, reglas que sostengan inversión y escala; puertas afuera, una diplomacia sanitaria y comercial que evite cierres desproporcionados y transforme la regionalización en estándar. En un negocio donde el maíz, la energía, el estatus sanitario y la apertura de mercados definen márgenes, Argentina no necesita copiar a Brasil, pero sí resolver aquello que, en palabras de Santín, impide que condiciones similares se traduzcan en resultados parecidos.

