Eficiencia productiva, el nuevo idioma de la avicultura argentina ante un mercado que no da tregua

En un negocio donde un lote de ponedoras se planifica a dos años, la avicultura argentina se mueve al ritmo de variables que cambian en semanas: demanda interna estacional, giros económicos y shocks internacionales que se trasladan, casi de inmediato, a los costos. En diálogo con los periodistas Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel, el médico veterinario Fernando Scigliano, del Grupo Pluma Argentina, explica por qué hoy la “eficiencia productiva” dejó de ser un objetivo deseable para convertirse en el principal escudo competitivo de la actividad.

Para Scigliano, el concepto está instalado en la cabeza de cualquier productor porque sintetiza la lógica básica de toda empresa agropecuaria: “Como cualquier actividad económica, el fin último es ese: lograr eficiencia”. Pero advierte que no existe una receta universal que garantice resultados, ni una “tablita mágica” que aplique a todas las granjas. La eficiencia, sostiene, es un traje a medida: “Eso no quiere decir que esa eficiencia sea la misma para todos los productores. Hay que entender a cada productor y ver qué es lo que para cada uno significa alcanzar la eficiencia que mejor se adapta a su negocio”.

En el caso de la producción de huevo, hay un punto de partida compartido por todos: la búsqueda de “la mayor cantidad de huevos por ave alojada”. Sin embargo, el camino para llegar a esa meta se bifurca según el mercado y la estrategia comercial. Scigliano lo plantea con claridad: “La forma en que comercializa el producto puede determinar que le sirva más priorizar cantidad, sin privilegiar tanto ciertos aspectos de la calidad”. En cambio, en segmentos donde la diferenciación pesa más, “el número no es el único factor fundamental, sino la cantidad de huevos de la mayor calidad posible”. La discusión, entonces, no es solo producir más, sino producir lo que el mercado paga y cada granja puede sostener.

En ese entramado, la genética aparece como una decisión estructural. Eugenia Quibel lo sintetiza en una frase que atraviesa a toda la industria: “Lo primero que hay que tener claro es cuál es el objetivo, porque en base a eso también uno define la genética”. Scigliano coincide y amplía: “La genética es uno de los pilares de los cuales uno parte en el inicio del proceso productivo de un lote”. Pero también marca un límite: elegir buena genética no alcanza si el resto del sistema no acompaña. Para que ese potencial se exprese, enumera factores decisivos del modelo productivo argentino: “instalaciones disponibles, materias primas para la alimentación, tipo de elaboración del alimento, recolección, presentación y comercialización del producto”.

Esa mirada integral, más cercana a la gestión que al manual técnico, explica el giro hacia una estrategia donde el servicio y el acompañamiento ganan centralidad. Consultado por Rossi sobre el enfoque de la nueva etapa de la empresa, Scigliano lo confirma: “Está muy enfocado en cómo lograr el mayor potencial de la genética que ofrecemos, planteando la mayor eficiencia productiva, pero teniendo en cuenta la adaptación a cada realidad”. En un sector con productores de escalas, tecnologías e inserciones comerciales muy distintas, la personalización del asesoramiento pasa a ser parte del negocio.

El otro gran tema es la volatilidad. Scigliano describe una avicultura que creció fuerte en los últimos años, pero que quedó más expuesta a saltos bruscos de rentabilidad: “Podemos pasar de una etapa muy rentable a una de equilibrio o incluso a una deficitaria”. Por eso propone mirar el negocio como proceso y no como instantánea: “No hay que mirar la foto, sino la película completa”. En huevo, esa “película” tiene un metraje largo: “cada lote es un ciclo que dura alrededor de dos años”, y el objetivo es que el saldo, al final del recorrido, cierre en positivo.

En esa película, la política económica y el comercio internacional escriben escenas que ningún productor puede controlar. Scigliano pone un ejemplo concreto, con impacto directo en el agro argentino: “Lo que está pasando hoy en Medio Oriente ya está impactando en los costos productivos en Argentina”. No se trata solo de combustibles: también golpea a “insumos derivados del petróleo”, y a materias primas que “han aumentado entre 50% y 100%”. Con esos movimientos, la eficiencia deja de ser una consigna y se vuelve un amortiguador: “Como no podemos manejar las variaciones del precio internacional del petróleo, tenemos que adaptarnos y tener un margen de rentabilidad basado en la eficiencia que nos permita afrontar esas coyunturas”.

La dinámica interna también presiona. Scigliano recuerda que si la entrevista se hacía en diciembre, el problema era otro: “la baja estacional de demanda por vacaciones impacta mucho en el consumo de huevos y en el precio de venta”, con un golpe “grave” en la rentabilidad. Hoy el frente se corrió a costos de alimentación, y detrás aparecen “aumentos en fletes, empaque, logística”. En ese marco, el mensaje final funciona como diagnóstico y hoja de ruta para toda la cadena avícola—y, por extensión, para buena parte del entramado agropecuario argentino—: “Ser eficiente y tener el mayor retorno de inversión posible es lo que permite sobrevivir y atravesar estas crisis cíclicas”.

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