En un escenario donde la eficiencia y el “costo por kilo producido” definen márgenes, la energía pasó de ser un gasto inevitable a un frente estratégico de gestión. Carlos Ciminieri, director comercial de Clarán Energy, sostuvo en diálogo con Adalberto Rossi, Patricia Aller y Eugenia Quibel que la energía fotovoltaica con almacenamiento ya no es una promesa: es una herramienta concreta para estabilizar el suministro, reducir riesgos productivos y, además, ganar terreno en mercados que empiezan a premiar la trazabilidad energética.
El punto de partida es económico, pero con impacto directo en la operación. Ciminieri señaló que 2025 fue “un año muy interesante” por la cantidad de implementaciones logradas “en diferentes granjas y de diferentes tamaños, tanto en el mundo avícola como en el mundo porcino”. La clave: remarcó, es que hoy “es posible generar energía, almacenarla y utilizarla en el momento que la necesitás” y, sobre todo, que el cambio tecnológico movió la aguja del repago: “hoy tenemos retornos promedio de 20% anual”, dijo, al punto de que “al otro día de que uno conecta el parque solar empieza a recuperar esa inversión”.
En la Argentina real, donde no siempre hay red de calidad —y donde ampliar potencia puede ser prohibitivo— el caso que relató en Entre Ríos funciona como radiografía de un problema recurrente para la avicultura y la porcicultura: energía cara, inestable o directamente inexistente. Allí, Clarán Energy está terminando un proyecto para seis núcleos que quedarán con energía renovable sin conexión a la red. La razón es contundente: conectarse implicaba cerca de un millón de dólares, una línea de 17 kilómetros, y aun así la distribuidora no garantizaba la potencia ni la calidad del servicio. El resultado conocido por cualquier productor intensivo: sumar generadores de backup, personal, mantenimiento y un costo invisible que aparece en el peor momento: el microcorte.


La estacionalidad —y en particular el invierno húmedo— también entra en el diseño. Los meses más fríos pueden tener menor generación fotovoltaica, pero allí aparece la lógica híbrida: el parque “sigue generando con menor potencia” y se complementa con otra fuente de energía, como puede ser un generador a diésel o a gas. En términos productivos, el mensaje es claro: el objetivo no es romantizar la energía renovable, sino blindar el sistema para que la granja no quede rehén ni de la red ni del clima.
Cuando la discusión baja al terreno de la granja avícola, el argumento se vuelve operativo y de plazos. Consultado por Eugenia Quibel sobre cómo se implementa en avicultura, Ciminieri destacó que son “implementaciones muy rápidas y simples”. En algunos casos, explicó, se usan los techos de las granjas; en pollos parrilleros se aprovecha el vacío sanitario para trabajar, y en los de ponedoras lo hacemos con muchísimo cuidado. Habló de obras de muy corto plazo, incluyendo instalaciones de “casi 500 kilovatios”, una escala que dimensionó con un ejemplo directo: “una casa tiene contratada una potencia de 5 kilovatios… 500 kilovatios es como para 100 viviendas”. Los tiempos también son de interés para un sector donde parar vale caro: se ejecutan “entre 1 y 4 semanas, con 2 o 3 cuadrillas de trabajo”.
El modelo comercial y regulatorio termina de completar la ecuación. Ciminieri indicó que esas inversiones “las financiamos directamente a los avícolas a 12 meses sin interés”, y que al mes ya están generando. Luego se gestiona el trámite de usuario generador y la instalación del medidor bidireccional, que llega entre 30 y 90 días máximo, según la distribuidora. Con ese esquema, cuando hay excedentes, la energía no solo se puede almacenar, sino que también se puede inyectar a la red, y la red la paga, algo que, además, estabiliza las redes, un punto relevante en zonas rurales con infraestructura al límite.

