Roberto Domenech, Presidente del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas, repasa la historia de la industria avícola en Argentina, analiza el sostenido crecimiento de la producción de pollo durante los últimos años y explica cómo en 2020 se alcanzó un récord de consumo previsto recién para 2025.

En innumerables ocasiones tuve la oportunidad de conversar con Roberto Domenech acerca del acontecer y las perspectivas de la industria avícola, y más allá de la prudencia que lo caracteriza a la hora de hacer pronósticos, en estas charlas siempre se hacía presente la posibilidad de concretar un viejo anhelo, que algún día la tendencia global de consumo carne aviar llegara a nuestro país, ubicando al pollo en los primeros lugares.. “La realidad es que haber llegado a estos niveles de 50 kilos por habitante por año, es algo a lo que fuimos permitiéndonos pensar a medida de que íbamos descubriendo espacio.

Mi imaginación se sitúa allá en los comienzos, aproximadamente año ‘63, donde todavía no había una relación entre la producción de huevo fértil, la cantidad de pollito bebé y los galpones para criar.

Recuerdo que en Pilar, donde estuvo uno de los puntos de desarrollo, Arbor Acres producía el huevo fértil, y Albayda incubaba y vendía los pollitos. Pilar era un centro importante, con galpones de 3.000 a 5.000 pollos, algún galpón de 10.000 –que era una barbaridad–, y después estaban General Rodríguez y San Andrés de Giles. Todavía estaba el mercado de aves y huevos abierto en la zona de Parque Patricios, en Los Patos y Uspallata, donde llegaba toda la producción, que eran muchas aves de campo principalmente.

Por ese tiempo, Entre Ríos tenía el trabajo del esfuerzo de aquellos que hacían avicultura, de elegir las mejores aves. Había, por supuesto, incubadoras, pero siempre cuando hablamos de una gran incubadora se hablaba de alguien que tenía una incubadora de 60.000 huevos, cuando las normales eran de 14, 25, 30 o 36 mil huevos, así eran más o menos las escalas. Una vez alguien dijo: «y… estaremos entre 5/6 kg. por habitante »; y creo que ahí está más o menos la primera referencia”, recuerda Roberto Domenech.

CRECIMIENTO DEL CONSUMO DE CARNE AVIAR

Claramente, las particularidades del comienzo de la avicultura industrial en Argentina, distan significativamente de la actualidad de este pujante sector de la agroindustria local. “Muchas veces he comentado que el pollo siempre tuvo una buena aceptación, era como que la gente estaba esperando poder tener acceso al pollo.

No obstante, la gran mayoría quería tener acceso al pollo vivo, no tanto al pollo faenado, sino que quería elegirlo vivo: ahí mismo lo mataban, lo pelaban y te lo llevabas a tu casa, todavía con la víscera. Luego, con la creación del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA), nace el proyecto del pollo eviscerado, con el objetivo de convertirlo en un producto progresivamente de consumo masivo. Yo diría que, en condiciones generales, el pollo era un producto de lujo –por lo menos así estaba considerado por la escasa oferta–, y se consumía en días muy especiales, como las Navidades y demás fiestas.

En consecuencia, el pollo tuvo una limitante que era el precio y el gusto, es decir, la satisfacción de comprar y comer un pollo, en restaurantes o los fines de semana, o en casos muy especiales. Después el crecimiento del consumo comenzó a estar directamente atado a la relación pollo-carne bovina: a principios de los ’70, el pollo estaba muy en precio con los cortes más caros de la carna bovina, es más, me animaría a decir que el pollo costaba como un lomo. Entonces, en ese contexto, podríamos decir que el consumo estaría –tal vez– en los 9/10 kilos por habitante por año. Ahí vino una segunda etapa en la cual el precio del pollo se ubicó más cerca de los cortes de menor valor que el lomo, como el cuadril, y el consumo creció otros 2 o 3 kilos más.

Luego, a principios de los ‘80, el consumo tuvo un crecimiento importante cuando el precio del pollo se equiparó con el precio de la milanesa, y llegamos, quizás, a los 15 kilos. De ahí en adelante entró a competir con el asado, pese a que a estos pollos se los denominó desde sus comienzos, y por décadas, Roberto Domenech, Presidente de CEPA ‘Pollos Parrilleros, porque fue allí donde el pollo ganó espacio, es decir, fue a parar a la parrilla… Y quedó compitiendo con la milanesa –no precisamente con la milanesa de pollo, eso fue después–. Se consumía milanesa durante la semana, pollo en la parrilla los fines de semana, y se incrementó el consumo a fin de mes, reflejando un crecimiento sostenido. La infraestructura ya existía: la provincia de Buenos Aires, Pilar ya empezaba a poner limitaciones para la producción pollos porque avanzaban los countrys y los clubes cerrados, lo mismo pasaba en General Rodríguez; pero ya eran zonas muy fuertes Chivilcoy y Chacabuco.

Entre Ríos también crecía porque había mejorado mucho la posición a partir de haber logrado las conexiones, no tanto con la construcción del túnel, pero sí con Zárate Brazo Largo”, señala el Presidente de CEPA. La década de los ‘90 para la industria avícola argentina reflejó un momento realmente crítico para la producción local. Brasil se presentaba como un gran competidor, sobre todo, con las asimetrías cambiarias de aquel tiempo donde los valores eran totalmente distintos, pero también el desarrollo de las dos aviculturas eran distinto.

“Brasil ya estaba lanzado a un desarrollo industrial importantísimo, mientras que acá los frigoríficos carecían de frío en términos generales, es decir, se trabajaba el pollo prácticamente caliente o con hielo en el cajón y no más de eso. Teníamos poco eviscerado automático, pero así y todo, estábamos en los 17/18 kg. Ahora bien, con la importación de pollo desde Brasil, el consumo trepó hasta los 23 kg. y ahí se desató una batalla importante.

Lo cierto es como consecuencia de las oscilaciones de la carne bovina, siempre habíamos estado muy taponados –tanto el pollo como el cerdo–. ¿Por qué? Porque era muy barata la carne bovina, no tenía precio… y a eso había que sumarle que por ahí te aparecía brote de aftosa o un exceso de producción con el desarrollo de la Unión Europea, y esas exportaciones que no podían concretarse, volvían todas al mercado interno.

Entrábamos en crisis, bancábamos en oferta y a eso hay que sumarle después la asimetría bancaria dentro de un proceso de alta inflación en todo el mundo, del cual Argentina no estaba ausente y Brasil tampoco. Y de golpe quedabas con un Brasil con unos precios espectaculares y nosotros con precios muy altos”, recuerda el dirigente.

LA LLEGADA DEL NUEVO MILENIO, UN PUNTO DE INFLEXIÓN

Con la salida de la convertibilidad, la industria avícola argentina comenzó un proceso ininterrumpido de crecimiento. El impulso fue la mayor demanda del mercado interno. Los menores precios relativos de la carne aviar en relación con otras carnes fueron el principal incentivo para la modificación estructural de la dieta de los consumidores.

Cortes populares, como el asado, se encarecieron más del doble que el pollo. La estabilidad de los precios de la cadena avícola fue resultado de las retenciones, ya que moderaron el aumento de costos importantes, como los cereales y las oleaginosas utilizados para alimentar a los pollos. “Con la salida de la convertibilidad llegamos un consumo de 24 kilos por habitante por año, el crecimiento fue vertiginoso.

Elaboramos un proyecto que incluía la exportación como para poder manejar mejor el mercado interno, y la salida de la convertibilidad –con todo lo traumático que representó– también fue una oportunidad. Ahora la competencia era con el asado, y en la medida en que quedamos en el valor del asado, llegamos a los 28 kilos.

Cuando con un kilo de asado se compraban dos kilos de pollo, llegamos a los 35 kilos; y cuando estuvimos a los 3 kilos de asado contra 1 kilo de pollo, pisamos los 40 kilos de consumo por habitante al año… Y de ahí, a este importante salto, al cual hay que agregarle que la carne bovina tomó precio internacional por un lado, pero por el otro lado también hay generaciones de hábito en el consumo de pollo que no lo teníamos allá por los ’60.

Ahora ya tenemos gente de 30 a 40 años que arrancaron comiendo pollo normalmente, mientras que en aquel entonces lo que más queríamos comer era la pata del pollo. Ahora, sin ninguna duda, con el hábito, con la diversidad por parte del consumidor y con una infraestructura muy importante en toda la cadena de producción, con costos que se ajustaron aún mucho más, el escenario es otro”, destaca Domenech.

Pero además de los hábitos de consumo, también cambió la forma de producir: “hay que tener en cuenta que desde el ‘76 en adelante, empieza el modelo de integración que termina en el ‘83, consolidándose como el modelo de producción de pollos en Argentina. Ahí se acabó el costo del que vendía huevo incubado y le vendía el huevo con ganancia a la incubadora, la incubadora le vendía al bebé a un distribuidor –también con rentabilidad–, el distribuidor le ponía un porcentaje encima y todo lo demás… Eso hacía que el producto fuera caro porque faltaba y si no faltaba no daban los costos, y así se iban fundiendo los productores independientes que eran los que estaban en ese momento. Ahí comenzó el proceso de integración y, en ese mismo momento de integración, se pasaron a quemar todos los costos.

Es decir, si arrancás con los huevos de la reproductora, pero el valor de ese huevo va al final del costo, junto con el pollo eviscerado, con el costo final del alimento balanceado que produce la integración, esto genera una caída importantísima en materia de costos. El segundo impacto importante en los costos fue cuando comenzamos –entre los finales de los ‘90 y los primeros años del 2000–, a aprovechar el 100% de todos los despojos. Antes pagábamos por la visera o para ver qué se hacia con la pluma. Recién a finales de los ‘90 aparecen las primeras exportaciones de garra a Hong Kong y esto generó que el pollo pasara de rendir entre un 75 y 77 por ciento –como un gran rendimiento– a rendir entre un 85 y 88 por ciento, y eso cambió sensiblemente el costo del producto.

Estos costos pasaron a precio del producto y hoy creo que la gran razón del hábito que se ha desarrollado y el alto consumo, si bien tiene que ver con la calidad del producto, también es determinante el precio. Así llegamos a estos 50 kilos que se anticipan a lo que nosotros proyectábamos para el 2025”, señala Domenech.

EXPORTACIÓN

El Presidente de CEPA se muestra optimista respecto de la posibilidad de continuar avanzando con nuestra producción de carne aviar en los mercados internacionales, pero también es consciente que nuestra industria necesita ser más competitiva si pretende seguir ganando mercados en el exterior. En ese sentido, Domenech advierte que “por ser tan sensibles en los costos, dependemos mucho de pequeños centavos que nos puedan ayudar para poder ser competitivos.

Además, tenemos dos monstruos en el mercado Internacional como Estados Unidos y Brasil… Estados Unidos vende por remate de precio, pero Brasil vende por calidad y por esmero permanente en mejorar su producción.

Tiene calidad, tiene escala, tiene servicio, y tiene una relación con el mundo muy importante. A los efectos del comercio exterior brasilero, sobre todo en lo referente a la producción agroindustrial, Brasil cuenta con un fuerte apoyo con las embajadas, con los debates en el seno de la Unión Europea, con mercados que de pronto ponen aranceles y donde ellos llegan ahí con su embajador, con su Ministro Agropecuario, van a la OMC (Organización Mundial del Comercio) si es necesario, pero no ceden ningún tipo de espacio.

En el ínterín, nosotros vamos acompañando, vamos transmitiendo nuestro interés, nuestras preocupaciones, pero no es tan sencillo… Queremos consolidar este tercer intento de crecimiento sostenido en materia de exportaciones. El año pasado logramos 275.000 toneladas por un valor de casi 450 millones de dólares de exportación, y aspirábamos a 300.000 toneladas para este año, en donde no teníamos en cuenta el COVID- 19”, señala Domenech

EL PROYECTO DE CRECIMIENTO ELABORADO POR CEPA EN 2002

Para Roberto Domenech, el proyecto de crecimiento elaborado por CEPA en 2002, fue determinante. Por ese entonces, con la anuencia de CEPA, y a pedido de la COPAL, Domenech se hizo cargo de la Subsecretaría de Políticas Agropecuarias y Alimentos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos de la Nación.

“Fue una decisión muy fuerte. A nosotros (por CEPA) nos propusieron eso porque nos oponíamos, sistemáticamente, a la apertura indiscriminada que se hizo en el Mercosur, porque realmente nos estaba llevando puesto. En ese contexto, como todo indicaba que se iba a realizar un cambio de políticas, sumado a la salida de convertibilidad, evidentemente fue un paso importante porque no llevaba ningún proyecto político, ni lo tenía, simplemente era una colaboración, un aporte.

Porque de alguna manera, el hecho de que hubiéramos llegado muchos dirigentes sectoriales a ocupar cargos, tenía un poco que ver con la emergencia del momento. Recuerdo el que el Presidente de la Nación, Eduardo Duhalde, dijo: «Yo me ocupo de lo político y de lo económico. Quiero que a través de José Ignacio De Mendiguren –por ese entonces Presidente de la UIA–, ustedes se ocupen de lo que es la producción industrial y toda la agroindustria que está vinculada a agricultura».

El Secretario de Agricultura elegido por Duhalde fue Miguel Paulón, que venía de ser el Ministro de la Producción de la provincia de Santa Fe –principal productor de soja del país– y Graciela Camaño quedó al frente del Ministerio de Trabajo. De alguna manera, lo que quería decir Duhalde era: «la gente vinculada a la CGT tiene que contener los gremios, otros tienen que contener a los industriales o agroindustriales, y veamos como avanzamos en esto».

Esto me dió a mí la visión, que luego –una vez que dejamos la gestión– pude comentarla, transmitirla y pulirla con los principales referentes del sector, para poder ver cómo el sector privado tiene sus ideas y sus proyectos y que el sector público no está en contra ni de esos proyectos, ni de esas ideas, y sí en cambio, tiene que tener un panorama integral de las cosas.

El haber percibido claramente que la mayoría de los sectores llegaban con los problemas puntuales, y que eran fáciles de resolver en la emergencia en la que estábamos, pero que carecían de proyectos, nos llevó a cambiar la forma de plantear nuestra realidad”, recuerda Domenech. Ya de nuevo en CEPA, Domenech recuerda que en uno de los encuentros del Día de la Avicultura al que asistió Roberto Lavagna, por ese entonces Ministro de Economía, el dirigente dijo en su discurso: “No se pueden pedir políticas si no se tiene un proyecto”.

Minutos después, el propio Lavagna construyó su discurso en torno a ese concepto. Ahora bien, ¿servía sólo el proyecto? Claramente no. El sector necesitaba empresarios dispuestos y decididos, y que confiaran en el proyecto, y esto fue uno de los pilares del Proyecto de CEPA. “Por otra parte, no necesitábamos de proyectos de crecimiento individuales, porque si la avicultura había nacido por iniciativa y proyectos personales, y luego por esos proyectos personales convertidos en empresa, ¿qué era lo que se necesitaba?

Se necesitaba que el proyecto llegara a nivel país, o sea, que sea una decisión política del país. Pero estaba claro que esa iniciativa que muchos productores tenían en forma individual, había que convertirla en un proyecto sectorial, que fue lo primero que hicimos. ¿Dónde estábamos, qué teníamos, qué superficie de galpones teníamos, cuál era nuestra infraestructura, cuánto podíamos crecer, cuánta capacidad ociosa teníamos? ¿Ibamos a crecer para el mercado interno?

No, porque el mercado interno había quedado destruído totalmente desde el punto de vista del poder adquisitivo… entonces decidimos ir por la exportación. Lo importante es que el Proyecto nació con el compromiso de todos”, destaca Roberto Domenech. Ahora bien, ¿qué fue lo que no tuvieron en cuenta? “Que la devaluación que nos hacia sumamente competitivos para exportar pollo, también hacía sumamente competitiva la exportación de carne bovina. Entonces nos encontramos con un mercado que hasta ahora desconocíamos, porque la carne siempre había sido un tapón para el despegue de otras carnes… En ese momento, además, se dieron otras dos cosas: por un lado, al cambiar la condición de la convertibilidad el pollo brasilero quedó caro, no era ningún negocio para aquellos que lo traían, ni siquiera como negocio financiero; y por el otro lado, la carne también quedó cara, porque la devaluación le permitía ser sumamente competitiva en el exterior y tener muy buenos valores.

Ahí se abrió un espacio muy grande de mercado interno, que luego nos permitió también recuperar mucho las posiciones. Pero ese mismo proyecto, además, nos permitió llevar adelante una refinanciación que nos otorgó la AFIP de toda la deuda impositiva que tenía en general el sector, porque el sector venía resistiendo de la manera que podía… En consecuencia eso también tuvo una lectura favorable, esa fue una política, una palanca que logramos. Y después vino enseguida el trabajo sobre las superficies que iban a ser necesarias ampliar, empezamos a encontrarnos con problemas en el crecimiento –porque no fue todo un campo orégano– ¡Se hacían galpones en Entre Ríos y no teníamos corriente! ¡Nos faltaba lo elemental! Pero los galpones se ampliaban, se desarrollaban las plantas de faena y también faltaba potencia…”

Domenech recuerda que también aparecieron otros problemas: “una empresa entrerriana había comprado un túnel de frío a Brasil y resultó que la empresa brasilera se presentó en concurso y luego quebró; hubo un intento de entendimiento y los brasileros le ofrecieron el soporte de software y unos elementos importantes para desarrollar un túnel que son las cadenas, que son las que mueven las estanterías. «Si ustedes pueden trabajar con lo que sea la chapa y el hierro, nosotros les mandamos la gente para encontrarle la forma», dijeron los brasileros; y así fue como reabrió una metalúrgica que estaba cerrada –Albace–, que hoy ha llenado de túneles de frío a todo el sector cárnico, y que hizo posible la puesta en marcha del túnel de frío de esta empresa de Colón, en Entre Ríos”.

Según explica Domenech, la de CEPA fue siempre trabajar “de las empresas para adelante, nosotros no nos metemos dentro de las empresas, no hay razón para hacerlo, no es nuestra misión. Recibimos la preocupación de las empresas, analizamos como vienen las cosas –apertura de mercados, casos de habilitaciones, armonizaciones de certificados sanitarios, etc.–, toda una serie de elementos realmente muy valiosos, muy importantes, que se convierten en nuestra función.

Por supuesto que siempre tenemos el apoyo de los técnicos de las empresas: si vamos por una necesidad de plantear en AFIP, vamos con los responsables impositivos de las empresas; si tenemos temas de tipo sanitario vamos a la Conasa o al Senasa con los responsables veterinarios o ingenieros agrónomos que tienen que ver con la sanidad o con el alimento balanceado; esa es la forma con la cual trabajamos y eso lo posibilitó también el proyecto, porque fue demandando y no lo burocratizamos al proyecto, si no que fue siempre sumamente ejecutivo”.

En relación al diseño del Proyecto, según Domenech, reside en que “otra ventaja de la dinámica del sector, es que fue un proyecto que nosotros nos encargamos de auditarlo y de promocionar la auditoría; de ir mostrándole a los funcionarios y a los periodistas los verdaderos crecimientos y las verdaderas razones del crecimiento: no era un crecimiento accidental, el crecimiento en sí mismo era un crecimiento planificado y que por supuesto iba encontrando el camino, era un río con sus accidentes, con sus curvas, con sus banquitos de arena… pero la nave llegó. Y ahora, hay que tener en cuenta que si 50 kilos responden al consumo, estamos en 60 kilos de producción, porque 10 kilos es lo que estamos exportando”, enfatiza orgulloso Domenech.

 

LLEGÓ LA HORA DE LA AVICULTURA DE PRECISIÓN

Partiendo de la base que la oferta siempre fue una variable que incidió radicalmente en la producción de pollo, hoy más que nunca se necesita sumar mercados en el exterior, y en ese sentido, la competitividad juega un papel protagónico. Dentro de este contexto, la Avicultura de Precisión aparece como una práctica imprescindible. Para Roberto Domenech “la avicultura de precisión es un desafío más importante que el proyecto mismo que tuvimos.

Es decir, si quisiéramos dimensionar lo que fue desarrollar un proyecto allá por el año 2002, hoy tendríamos que decir que hay que lanzar desde el próximo año la decisión de trabajar en avicultura de precisión. Porque declamar la avicultura de precisión la podemos declamar, pero la decisión de trabajar en avicultura de precisión es un desafío permanente. No hay ninguna duda que para la avicultura de precisión uno tiene que lograr lo que cada etapa te dice que podes tener en materia de producción y resultado: cuando dicen que la reproductora tiene que poner 185 huevos, tiene que poner 185 huevos… si pone 175 y el año pasado fueron 160, mejoraste pero no lograste el objetivo.

La avicultura de precisión es llegar a lo que te dicen que produce, porque no te dicen que produce para esforzarte a que te aproximes, si no para que lo logres. Después de eso te van a decir la fertilidad promedio de ese lote tiene que ser del 84% con picos de 90%, por ejemplo, o quizás de más del 90%. Después que el pollito bebé alojado, en la primera semana tenga que superar determinado porcentaje de selección. O que tengo que lograr determinado gramaje semana a semana, porque hoy están las balanzas electrónicas ubicadas dentro del galpón en donde el pollo se mueve –dentro de lo poco que se mueve–, pasa, lo pesa y tenés un registro de peso. Después vas por la conversión de alimento… Todo eso no lo podes dejar de lado.

Ahora bien, también están los que te dicen: «vas a convertir 1,550, y va a ser en este tipo de galpón, bajo estas condiciones de aire, con estas condiciones de temperatura, con el menor movimiento dentro de las aves, etc.»; y para eso ya tenés toda la implementación interna del galpón, pero hay que modificar el galpón y ahí empieza a jugar no sólo el resultado, sino también la escala, sin llegar a una sobrecarga de pollo por metro cuadrado. Entonces, ya tenés que pensar en galpones distintos, galpones de 14 a 16 metros de ancho que pueden ser de 160, 190 o 200 metros de largo. Tenemos algunos galpones de este tipo, pero ¿cuántos deberíamos tener? La mayor cantidad posible, porque la mayoría de los países que producen y que ya aparecen como países competitivos en la exportación, lo han hecho en los últimos 5, 6 o 7 años.

¿Cómo lo hacen, por qué lo hacen? Porque tienen acceso al crédito, que ya es otra cosa que se tiene que incorporar, otra palanca que tiene que darse”, advierte Domenech. Al respecto, el dirigente sostiene que “unos de los saltos importantísimos que dimos en la inversión, fue en 2010 conseguir los Créditos del Bicentenario. Esos créditos no financiaban la construcción de galpones o plantas de incubación, financiaban proyectos, que es otra cosa importante para agregar al efecto del proyecto.

Débora Giorgi, por ese entonces Ministra de Industria, siempre había escuchado, había leído y había acompañado lo que tenía que ver con nuestros proyectos, entonces entendía lo que era un proyecto, entendía que no alcanzaba sólo con poner un túnel de frío, sino que al túnel de frío era conveniente alimentarlo y había que alimentarlo con otra velocidad de noria, con otro sistema, y para todo eso había que tomar otra escala, y para tomar otra escala había que poner más máquinas de incubar y entonces más galpones para las reproductoras…

No importa que el proyecto fuera para aumentar en 3.000 pollos por hora la faena que venía por ahí siendo de 8.000 0 10.000 pollos, lo importante es que fuera integral como proyecto. A veces era complementario, porque ya algunos habían hecho inversión en plantas de incubación o lo que sea, entonces este fue un concepto importante. Esto es lo que va a venir nuevamente para la avicultura de precisión, hay que ir mucho más allá”, sostiene Domenech.

20Pero además, el dirigente también señala un aspecto económico que va ligado a la competitividad de la producción: “hay un dato que es fundamental en todo esto y que tiene que darse: tenemos que tener niveles de inflación similares a los del mundo, o por lo menos, similares a los de los países latinoamericanos. Porque sino, te encontrás de golpe con que tenés que dejar de lado el momento de mejor rendimiento del ave, y en cambio de colgar un pollo de 2,800 kg. tenés que colgar un pollo de 3,200 kg., porque esos 400 gramos más van a bajar los costos industriales más que la conversión que tiene la mejora en menor uso de alimento en el galpón. Cuando ya empezás con esos corrimientos, se empieza a complicar todo… Son muchos los pasos que se necesitan, pero de todos modos es fundamental y no sólo un desafío, se va a convertir en una obligación; no hay posibilidad de pretender estar en el mundo haciendo las cosas distintas a como las hacen tus competidores”.

UNA NECESARIA ACTUALIZACIÓN

Se calcula que la industria avícola local, en lo que se refiere a la producción de carne, cuenta con aproximadamente 11 millones de metros cuadrados de superficie en galpones. Uno de los principales problemas en el alojamiento de las aves surge de la existencia de una gran cantidad de galpones “viejos” (10 metros de ancho por 120 metros de largo) –aproximadamente 1.800.000 metros cuadrados–, donde la tecnología de comedero, bebedero y de silo –que comunica directamente al comedero para aquellos que pudieron hacerlo bien–, no tiene una relación de rendimiento entre la inversión y lo que se podría mejorar, porque no dan los anchos.

Y en cambio de trabajar con 10 pollos por metro cuadrado, se podría trabajar con 12 pollos, lo que significaría un 20% más de capacidad.

Al respecto, Domenech sostiene que “gran parte de ellos, por la capacidad de manejo y la dedicación de sus dueños, siguen dando buenos resultados operativos. El problema es que se convierten en malos resultados retributivos porque –por buenos que sean– la escala falta, y eso no les permite alcanzar buenos resultados”.

Como contrapartida, existen otros 2.000.000 de metros cuadrados de galpones de última generación, galpones excepcionales, con un excelente resultado productivo, que cuentan con una posibilidad de manejo muy liviano por parte de aquel que tiene que estar en la granja.

Domenech reflexiona sobre esta situación y considera que “existe un dato que no es menor: si bien no hay continuidad en muchos de los hijos de aquellos colonos que siguen teniendo las granjas, porque prefieren acercarse a la ciudad, estar más cerca de la conectividad, más cerca de los colegios y tener otro proyecto de vida, la realidad es que la integración tiene que convertirse también en un proyecto de vida para esa gente… Este es otro tema que de alguna manera tiene que ver con la decisión de las empresas en cuanto a cómo manejar esta reconversión.

Tampoco hay muchos productores que tengan la superficie adecuada de tierra para los galpones actuales. En el medio entre ese 1.800.000 metros cuadrados de galpones próximos a estar fuera de circulación y los 2.000.000 millones de metros cuadrados de galpones nuevos, hay 7.200.000 millones de metros cuadrados de galpones que fueron hechos en los últimos 15 años, que son galpones buenos, que tienen 12,5, 13 y hasta 14 metros de ancho, no todos están totalmente construídos como galpones túneles, pero sí pueden ser reformados y muchos, incluso, ya han sido reformados.

Es decir, no estamos tan lejos… Lo que sí necesitamos es obtener mejores resultados integrales para que, a partir de allí, se pueda brindar una mayor seguridad de flujo financiero a los integrados, para que esos integrados decidan comprometerse e invertir en esos galpones a través de las SGR (Sociedades de Garantías Recíprocas), y porque también les interese a ellos y vean que hay una posibilidad de construir un proyecto de vida a través de las granjas.

Yo creo que en materia de crédito las SGR son la mejor alternativa para los integrados independientes; por otro lado, creo que las mismas empresas en algún momento también van a decir: «bueno, en términos generales toda la fase industrial está equilibrada y si nosotros no encontramos la manera de tener más superficie de mejor calidad para criar, la escala ya va a ir en contra de los resultados vivos». O sea que vamos entrando dentro de un desafío… entre dilema y desafío”, afirma categórico el Presidente de CEPA.

HÁBITOS DE CONSUMO DE POLLO

En Argentina, si bien el consumo de pollo trozado es alto, la producción salida de fábrica de pollo trozado es baja. Al respecto Domenech considera que el problema reside en que los canales comerciales más comunes –incluídos los super e hipermercados– reciben el pollo entero y, así como cortan y preparan la carne bovina, también trozan el pollo y lo envasan.

“Las empresas que mejor trabajan en trozado están cortando un poco más del 65/70% de su producción, con una parte a mercado internacional. Después hay varias –y de alto volumen– que están en un 45/50% de corte en frigorífico. Y después existe un porcentaje, también importante, de empresas medianas y chicas que cortan entre un 10 y un 20% de su producción, y venden mucho pollo entero. Ese pollo entero tiene como destino a las granjas (como comunmente se conocen a los negocios de venta de pollo).

Ahora bien, de las 20 cajas de pollos que recibe una granja, por dar un ejemplo, 14 son de pollo entero, 3 cajas son de supremas y las otras 3 pueden ser de pata muslo o de muslo deshuesado, el resto lo cortan en las mismas granjas… Yo no creo que vendan más de 5 cajas de pollo entero, las otras 9 cajas seguramente las cortan en la granja, utilizan la suprema y hacen la milanesa.

O sea que el mercado de pollo trozado existe, está. Ese mercado de pollo trozado tiene valor agregado, no podemos darnos cuenta o aceptar de qué manera esa gente que está en la granja o la carnicería aparentemente saca un buen resultado de cortar el pollo, porque uno después se pregunta: ¿qué hacen con la carcasa o con los menudos? Evidentemente, por la habilidad que tienen para trabajar el producto, logran tener buenos resultados…

Ahora bien, si hablamos del pollo trozado en el frigorífico, a lo mejor, la característica de cortarlo implica una mayor cantidad de gente –más allá de toda la mecanización– y esto hace que lamentablemente ese trozado ‘salido de fábrica’, más allá de las garantías se convierte en un producto de alto costo, a lo que hay que sumarle el valor de un producto de valor agregado.

Y a veces se confunde también, al pensar que el valor agregado es mucho valor agregado… El valor agregado es una suma de elementos, como el mejor aprovechamiento de las partes. Yo creo que se está construyendo un mercado, un mercado de hábito en el cual también habrá que mejorar mucho.

Lo que pasa es que en nuestro país, el sector todavía está lejos de ofrecer una presentación atractiva del trozado. En México, por ejemplo, presentan 4 filetes de pechuga listos para hacerlo milanesa, o lo venden cortado en tiritas para hacerlo parte de los burritos que después comen…

La realidad es que hoy por hoy, cuando uno va al supermercado a comprar pollo entero o a comprar presas de pollo, cuesta decidirse para que llevar; ya de por sí es una dificultad seria cómo agarro el producto y de qué manera no ensucio las demás cosas que llevo en el carrito, y eso es negativo.

La carne de cerdo y la bovina tienen muchísima mejor presentación que el pollo, en cualquier mercado en el que estemos, y eso va en contra nuestra. Pero ese ya no es un trabajo nuestro, es un trabajo de las empresas para con su gente y para con el producto. Deberíamos estar en la etapa de producto cocido listo para microondas…”, concluye Roberto Domenech, Presidente del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas.