En el contexto de la reciente detección de influenza aviar en una granja comercial argentina, David García, titular de OneSilex, recorrió distintos establecimientos del país y dialogó con Cátedra Avícola & Agropecuaria sobre los desafíos actuales en materia de bioseguridad. Su mensaje fue claro: la prevención sanitaria debe entenderse como un sistema estructurado, multicapa y permanente, más que como una respuesta coyuntural ante emergencias.
La confirmación de un caso de influenza aviar en producción comercial reavivó el debate técnico sobre el nivel real de preparación sanitaria del sistema productivo. Para David García, especialista en soluciones de bioseguridad y referente internacional en la temática, este tipo de eventos no deben abordarse desde la alarma, sino desde la gestión estratégica del riesgo.


En su explicación, García ordena el concepto en tres niveles que deben funcionar de manera coherente. El primer nivel es el perimetral o externo: todo lo que protege a la granja del “mundo de afuera”. Aquí entran el cerramiento, el control de portones, la definición de accesos, la restricción de ingresos, la señalización, y la trazabilidad de visitantes. El objetivo es simple: reducir al mínimo la probabilidad de que el agente ingrese.
El segundo nivel es el operativo o de procesos: lo que ocurre cuando la granja interactúa con proveedores, transporte y tareas rutinarias. García hizo especial foco en el tránsito de vehículos (alimento, retiro de aves, mortalidad, servicios) y la necesidad de circuitos diferenciados y procedimientos de desinfección validados. En este nivel también se ubican los “puntos críticos” de contaminación cruzada, como áreas de carga/descarga, zonas sucias/limpias y manejo del flujo interno.
El tercer nivel es el humano y cultural, que para García termina siendo el más determinante. Incluye capacitación continua, disciplina, supervisión y liderazgo interno para sostener el estándar. “La mejor infraestructura pierde valor si no hay compromiso y control”, enfatizó, señalando que la bioseguridad falla cuando los protocolos se vuelven “rutina sin conciencia”. En términos técnicos, este nivel es el que garantiza adherencia y consistencia a lo largo del tiempo.
Este marco de tres niveles se integra con la idea de bioseguridad multicapa: varias barreras superpuestas (físicas, operativas y humanas) que disminuyen la probabilidad de ingreso y diseminación. Si una barrera falla, las restantes deben sostener la contención. Desde esta lógica, García remarcó como punto crítico el control estricto de accesos: registro, restricciones y auditorías internas. “Cada ingreso es un evento sanitario potencial. Si no está controlado, se transforma en un riesgo”, explicó.


Desde una perspectiva técnica, la medición convierte a la bioseguridad en un sistema dinámico de gestión del riesgo y no en una declaración de buenas intenciones. Evaluar cumplimiento, corregir fallas y sostener trazabilidad operativa permite reducir la variabilidad humana y fortalecer la consistencia del sistema en el tiempo. En escenarios de alta presión sanitaria como la influenza aviar, pequeñas desviaciones no detectadas pueden tener consecuencias significativas. Por ello, García subraya que la bioseguridad efectiva es aquella que combina infraestructura, disciplina operativa y métricas verificables que respalden cada proceso crítico.
En su diagnóstico de campo, destacó avances en profesionalización del sector avícola argentino, pero insistió en que la eficacia sanitaria depende de la coherencia de toda la cadena. Incubación, recría, engorde, transporte y planta deben operar alineados; un eslabón débil compromete el sistema. En influenza aviar, esto es decisivo, porque los vectores indirectos (personas, ropa, equipamiento, vehículos) pueden acelerar la diseminación.
Uno de los puntos más críticos señalados fue el control de accesos. La trazabilidad de visitantes, la restricción de ingresos innecesarios y la protocolización de cada movimiento hacia el interior de la granja constituyen la primera línea defensiva. “Cada ingreso es un evento sanitario potencial. Si no está controlado, se transforma en un riesgo”, explicó. En este sentido, destacó la necesidad de registros formales y auditorías internas periódicas.
El tránsito de vehículos representa otro vector epidemiológico frecuentemente subestimado. Camiones de alimento, transporte de aves, retiro de mortalidad o visitas técnicas deben operar bajo circuitos claramente diferenciados y con procesos validados de desinfección. García insistió en la separación de áreas “limpias” y “sucias”, así como en la correcta gestión de puntos de carga y descarga para minimizar la contaminación cruzada.
En términos de infraestructura, subrayó que la inversión en duchas sanitarias, vestimenta exclusiva, pediluvios correctamente mantenidos y sistemas automatizados de desinfección debe considerarse estratégica. No obstante, advirtió que la tecnología por sí sola no garantiza resultados. “La mejor infraestructura pierde valor si no existe supervisión y disciplina operativa”, afirmó, trasladando el foco hacia el factor humano.
En este punto, la cultura sanitaria emergió como el eje central del mensaje. La bioseguridad no depende únicamente del equipamiento instalado, sino del compromiso del personal. Capacitación técnica, comprensión epidemiológica básica y liderazgo interno son determinantes para sostener estándares elevados. Según García, la internalización del “por qué” detrás de cada protocolo aumenta significativamente la adherencia y la eficacia del sistema.
Otro aspecto destacado fue la necesidad de coherencia en toda la cadena productiva. Incubadoras, recría, engorde, transporte y plantas de proceso deben operar bajo criterios alineados. Una brecha en cualquiera de los eslabones compromete la integridad sanitaria del conjunto. La bioseguridad, en este sentido, no es una condición individual de granja, sino un atributo sistémico del complejo productivo.
Desde el punto de vista económico, García fue categórico: el impacto de un brote de influenza aviar trasciende lo sanitario. Restricciones comerciales, pérdida de mercados internacionales, afectación de la reputación país y costos indirectos pueden generar consecuencias prolongadas. “El costo de prevenir siempre es menor que el costo de un brote”, remarcó, posicionando la bioseguridad como herramienta de competitividad y sostenibilidad exportadora.
Finalmente, el especialista interpretó el escenario actual como una oportunidad de fortalecimiento estructural. La detección de un caso debe impulsar revisiones internas, actualización de protocolos y refuerzo de auditorías, en lugar de generar respuestas meramente reactivas. En un contexto global de creciente presión sanitaria, la bioseguridad dejó de ser un diferencial y se convirtió en una condición indispensable para la continuidad operativa.

