La industria avícola argentina ha alcanzado una madurez que la posiciona como líder mundial en el consumo de huevos. Sin embargo, este logro viene acompañado de un serio desafío: el exceso de oferta ha provocado una caída dramática en los precios de hasta un 60% en los últimos dos meses. “Si se quiere producir más, hay que canalizar más huevos a través de la exportación –o a través de la industria– para que exporte. Hay que crecer para afuera, no para adentro… ya se ha tocado un techo”, advirtió Sebastián Perea.
Este fenómeno, lejos de ser inédito, forma parte de un ciclo que los actores del sector conocen a la perfección: frente a una mayor producción sin alternativas de canalizar los excedentes, se genera una sobreoferta que desploma los precios, afectando seriamente la rentabilidad. “Este periodo de buen precio, mayor producción, que deriva inevitablemente en una sobreoferta y una baja importante en los precios, es un proceso muy conocido”, señaló Perea, haciendo referencia a situaciones similares vividas en décadas anteriores.
La clave para salir de esta trampa productiva, coinciden los especialistas, es consolidar una cultura exportadora. Pero no se trata solo de vender al exterior cuando el mercado interno se satura, sino de incorporar la exportación como una estrategia cultural. “Exportar es una cultura y es una estrategia de mediano y largo plazo”, explicó Perea. “Nosotros la hemos mantenido, invirtiendo mucho dinero en cada contenedor que salía, pero creyendo que esa es la salida a largo plazo. Hemos mantenido clientes y canales abiertos que hoy nos permiten incrementar volúmenes”.
La falta de respuesta del sector ante oportunidades concretas pinta de cuerpo entero las dificultades culturales y estratégicas que enfrenta la industria. En un ejemplo paradigmático, CAPIA impulsó entre septiembre y octubre del año pasado un operativo de exportación rentable y con pagos cortos. El resultado fue desalentador: “Recibimos cero… Ningún productor mandó un cajón de huevos”, se lamentó Perea. “Entonces, creo que también somos responsables de las cosas que nos pasan, ¿no?”.
El cambio de mentalidad que requiere la industria no solo es deseable, sino imperativo. Según Perea, aún destinando un ínfimo porcentaje de la producción a la industria con fines de exportación se podrían haber mantenido precios rentables. “Si se les junta la pila, manden a fazonear el huevo y tendrán un año tranquilo”, propuso, intentando resumir el espíritu práctico que debería imperar en el sector.
Sin una política coherente de diversificación de destinos comerciales, el peligro es el estancamiento o incluso el retroceso. La resistencia a exportar y la falta de visión a mediano y largo plazo condenan al sector productor de huevos a una lógica de supervivencia. Como advirtió claramente Perea: “El mercado ajusta: o lo hacemos voluntariamente de forma mucho menos dolorosa o lo hace solo de manera muy dolorosa”.

