Si bien la ONU puso un marco simbólico potente al declarar 2026 como el Año Mundial de la Mujer en la Agricultura, durante la entrevista a Jimena Sabor el dato de calendario funcionó como disparador para un debate mucho más profundo: cómo está mutando la agricultura argentina a partir de la biotecnología, los bioinsumos y la exigencia de producir con menor impacto, sin resignar eficiencia económica.
Sabor, al frente de Summabio y de la cámara sectorial CABIO, se corrió de la postal clásica del campo y planteó que la “mujer agricultora” hoy representa una diversidad de roles en la agricultura moderna. “Yo represento todo lo que es la agricultura moderna, con una empresa produciendo productos sustentables, todo lo que es la biotecnología”, explicó, sintetizando un cambio cultural que también es productivo: más mujeres como empresarias, científicas y decisoras en un sector históricamente masculinizado.
Ese corrimiento no es solo social; también es tecnológico y comercial. El crecimiento de bioinsumos y biológicos, que impacta en los cultivos extensivos y en toda la cadena agroindustrial (incluida la avicultura, altamente dependiente del maíz y la soja), tendrá este mes una cita clave. El 25 y 26 de febrero en Junín se realizará el Encuentro EnBio, señalado por Sabor como el epicentro del sector: “Es el mayor encuentro específico de biológicos que tenemos en Argentina… una muestra itinerante que tiene actividades a campo”, detalló. La presencia de expositores “de mucho nivel” y el perfil de asistentes —productores, asesores y empresas— confirma que ya no se trata de una tendencia de nicho.
En términos de economía sectorial, la entrevistada subrayó un dato que los productores perciben en la caja: entraron “grandes jugadores” y eso cambió el mercado. “Ha sido impresionante ver la cantidad de empresas y el despliegue de marketing… porque han ingresado grandes jugadores en lo que es la producción de bioinsumos; eso ha cambiado también, comercialmente hablando”, sostuvo. En otras palabras: hay más oferta, más competencia, más validación técnica y, probablemente, mejores condiciones para que el productor incorpore estas tecnologías sin sentir que salta al vacío.
El punto crítico —y el más honesto— aparece cuando Sabor admite que, pese al crecimiento, “todavía falta bastante”. Allí se abre una clave para entender por qué la adopción a veces no corre a la velocidad que piden la política pública, la agenda ambiental o el comercio internacional: el productor necesita certezas. “Lo que todavía falta ajustar es que el productor se sienta seguro a la hora de incorporar a todo su paquete tecnológico tradicional… cambiar algunos insumos o incorporar nuevos insumos”, remarcó. Y lo explicó en lenguaje llano: en un cultivo se invierte mucho dinero y nadie quiere arriesgar rendimiento por una apuesta mal calibrada.
La receta, según Sabor, no es imponer, sino demostrar. “Esa seguridad… se afianza con conocimiento y con pruebas. No hay otra”, afirmó, describiendo una dinámica típica del agro argentino: se prueba en una parte del lote, se compara, se mide y recién después se escala. “Nunca un productor te compra para todo el campo; siempre te prueba para una parte y lo va comparando”, agregó. Esa lógica de “ensayo y aprendizaje” dialoga directamente con lo que necesita la cadena avícola: previsibilidad de costos y abastecimiento de granos, y una agricultura que sostenga productividad sin hipotecar suelo, agua y licencia social.
El trasfondo político y de comercio exterior también asoma: en un mundo donde mercados y consumidores piden trazabilidad, menor huella ambiental y estándares sanitarios, la sustentabilidad deja de ser un valor aspiracional para convertirse en requisito de acceso. La expansión de bioinsumos, la capacitación y la validación a campo aparecen como herramientas concretas para sostener competitividad argentina, desde el lote hasta la góndola, pasando por feedlots, granjas avícolas y plantas de procesamiento. Si el desafío es producir más y mejor, el mensaje central de la entrevista fue claro: el futuro no llega por decreto, llega cuando el productor lo verifica en su propio campo y lo convierte en decisión económica.
La receta, según Sabor, no es imponer, sino demostrar. **“Esa seguridad… se afianza con conocimiento y con pruebas. No hay otra”**, afirmó, describiendo una dinámica típica del agro argentino: se prueba en una parte del lote, se compara, se mide y recién después se escala. **“Nunca un productor te compra para todo el campo; siempre te prueba para una parte y lo va comparando”**, agregó. Esa lógica de “ensayo y aprendizaje” dialoga directamente con lo que necesita la cadena avícola: previsibilidad de costos y abastecimiento de granos, y una agricultura que sostenga productividad sin hipotecar suelo, agua y licencia social.
El trasfondo político y de comercio exterior también asoma: en un mundo donde mercados y consumidores piden trazabilidad, menor huella ambiental y estándares sanitarios, la sustentabilidad deja de ser un valor aspiracional para convertirse en requisito de acceso. La expansión de bioinsumos, la capacitación y la validación a campo aparecen como herramientas concretas para sostener competitividad argentina, desde el lote hasta la góndola, pasando por feedlots, granjas avícolas y plantas de procesamiento. Si el desafío es producir más y mejor, el mensaje central de la entrevista fue claro: el futuro no llega por decreto, llega cuando el productor lo verifica en su propio campo y lo convierte en decisión económica.

